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jueves, 27 de octubre de 2011

KIJANO




El sepulcro de don Quijote


Miguel de Unamuno

Me preguntas, mi buen amigo, si sé la manera de desencadenar un delirio, un vértigo, una locura cualquiera sobre estas pobres muchedumbres ordenadas y tranquilas que nacen, comen, duermen, se reproducen y mueren. ¿No habrá un medio, me dices, de reproducir la epidemia de los flagelantes o la de los convulsionarios? Y me hablas del milenario.

Como tú siento yo con frecuencia la nostalgia de la Edad Media; como tú quisiera vivir entre los espasmos del milenario. Si consiguiéramos hacer creer que un día dado, sea el 2 de mayo de 1908, el centenario del grito de la independencia, se acababa para siempre España; que en este día nos repartían como a borregos, creo que el día 3 de mayo de 1908 sería el más grande de nuestra historia, el amanecer de una nueva vida.

Esto es una miseria, una completa miseria. A nadie le importa nada de nada. Y cuando alguno trata de agitar aisladamente este o aquel problema, una u otra cuestión, se lo atribuyen o a negocio o a afán de notoriedad y ansia de singularizarse.

No se comprende aquí ya ni la locura. Hasta del loco creen y dicen que lo será por tenerle su cuenta y razón. Lo de la razón de la sinrazón es ya un hecho para todos estos miserables. Si nuestro señor don Quijote resucitara y volviese a esta su España, andarían buscándole una segunda intención a sus nobles desvaríos. Si uno denuncia un abuso, persigue la injusticia, fustiga la ramplonería, se preguntan los esclavos: ¿qué irá buscando en eso? ¿A qué aspira? Unas veces creen y dicen que lo hace para que le tapen la boca con oro; otras que es por ruines sentimientos y bajas pasiones de vengativo o envidioso; otras que lo hace no más sino por meter ruido y que de él se hable, por vanagloria; otras que lo hace por divertirse y pasar el tiempo, por deporte. ¡Lástima grande que a tan pocos les dé por deportes semejantes!

Fíjate y observa. Ante un acto cualquiera de generosidad, de heroísmo, de locura, a todos estos estúpidos bachilleres, curas y barberos de hoy no se les ocurre sino preguntarse: ¿por qué lo hará? Y en cuanto creen haber descubierto la razón del acto —sea o no lo que ellos suponen— se dicen: ¡bah!, lo ha hecho por esto o por lo otro. En cuanto una cosa tiene razón de ser y ellos la conocen perdió todo su valor la cosa. Para eso les sirve la lógica, la cochina lógica.

Comprender es perdonar, se ha dicho. Y esos miserables necesitan comprender para perdonar el que se les humille, el que con hechos o palabras se les eche en cara su miseria, sin hablarles de ella.

Han llegado a preguntarse estúpidamente para qué hizo Dios el mundo, y se han contestado a sí mismos: ¡para su gloria!, y se han quedado tan orondos y satisfechos, como si los muy majaderos supieran qué es eso de la gloria de Dios.

Las cosas se hicieron primero, su para qué después. Que me den una idea nueva, cualquiera, sobre cualquier cosa, y ella me dirá para qué sirve.

Alguna vez, cuando expongo algún proyecto, algo que me parece debía hacerse, no falta quien me pregunte: ¿y después? A estas preguntas no cabe otra respuesta que una pregunta, y al «¿y después?», no hay sino dar de rebote un «¿y antes?».

No hay porvenir; nunca hay porvenir. Eso que llaman el porvenir es una de las más grandes mentiras. El verdadero porvenir es hoy. ¿Qué será de nosotros mañana? ¡No hay mañana! ¿Qué es de nosotros hoy, ahora? Ésta es la única cuestión.

Y en cuanto a hoy, todos esos miserables están muy satisfechos porque hoy existen, y con existir les basta. La existencia, la pura y nuda existencia, llena su alma toda. No sienten que haya más que existir.

Pero ¿existen? ¿Existen en verdad? Yo creo que no; pues si existieran, si existieran de verdad, sufrirían de existir y no se contentarían con ello. Si real y verdaderamente existieran en el tiempo y el espacio, sufrirían de no ser en lo eterno y lo infinito. Y ese sufrimiento, esta pasión, que no es sino la pasión de Dios en nosotros, nuestra temporalidad, este divino sufrimiento les haría romper todos esos menguados eslabones lógicos con que tratan de atar sus menguados recuerdos a sus menguadas esperanzas, la ilusión de su pasado a la ilusión de su porvenir.

¿Por qué hace eso? ¿Preguntó acaso nunca Sancho por qué hacía don Quijote las cosas que hacía?

Y vuelta a lo mismo, a tu pregunta, a tu preocupación: ¿qué locura colectiva podríamos imbuir en estas pobres muchedumbres? ¿Qué delirio?

Tú mismo te has acercado a la solución en una de esas cartas con que me asaltas a preguntas. En ella me decías: ¿no crees que se podría intentar alguna nueva cruzada?

Pues bien, sí; creo que se puede intentar la santa cruzada de ir a rescatar el sepulcro de don Quijote del poder de los bachilleres, curas, barberos, duques y canónigos que lo tienen ocupado. Creo que se puede intentar la santa cruzada de ir a rescatar el sepulcro del Caballero de la Locura del poder de los hidalgos de la Razón.

Defenderán, es natural, su usurpación y tratarán de probar con muchas y muy estudiadas razones que la guardia y custodia del sepulcro les corresponde. Lo guardan para que el Caballero no resucite.

A estas razones hay que contestar con insultos, con pedradas, con gritos de pasión, con botes de lanza. No hay que razonar con ellos. Si tratas de razonar frente a sus razones estás perdido.

Si te preguntan, como acostumbran, ¿con qué derecho reclamas el sepulcro?, no les contestes nada, que ya lo verán luego. Luego…, tal vez cuando ni tú ni ellos existáis ya, por lo menos en este mundo de las apariencias.2

* Y esta santa cruzada lleva una gran ventaja a aquellas otras santas cruzadas de que alboreó una nueva vida en este viejo mundo. Aquellos ardientes cruzados sabían dónde estaba el sepulcro de Cristo, dónde se decía que estaba, mientras que nuestros cruzados no sabrán dónde está el sepulcro de don Quijote. Hay que buscarlo peleando por rescatarlo.

* Tu locura quijotesca te ha llevado más de una vez a hablarme del quijotismo como de una nueva religión. Y a eso he de decirte que esa nueva religión que propones y de que me hablas, si llegara a cuajar, tendría dos singulares preeminencias. La una, que su fundador, su profeta, don Quijote —no Cervantes, por supuesto—, no estamos seguros de que fuese hombre real, de carne y hueso, sino que más bien sospechamos que fue una pura sangre. Y su otra preeminencia sería la de que este profeta era un profeta ridículo, que fue la befa y el escarnio de las gentes.

* Es el valor que más falta nos hace: el de afrontar el ridículo. El ridículo es el arma que manejan todos los miserables bachilleres, barberos, curas, canónigos y duques que guardan escondido el sepulcro del Caballero de la Locura. Caballero que hizo reír a todo el mundo, pero que nunca soltó un chiste. Tenía el alma demasiado grande para parir chistes. Hizo reír con su seriedad.

* Empieza, pues, amigo, a hacer de Pedro el Ermitaño y llama a las gentes a que se te unan, se nos unan, y vayamos todos a rescatar ese sepulcro que no sabemos dónde está.3

* Verás cómo así que el sagrado escuadrón se ponga en marcha aparecerá en el cielo una estrella nueva, sólo visible para los cruzados, una estrella refulgente y sonora, que cantará un canto nuevo en esta larga noche que nos envuelve, y la estrella se pondrá en marcha en cuanto se ponga en marcha el escuadrón de los cruzados, y cuando hayan vencido en su cruzada, o cuando hayan sucumbido todos —que es acaso la manera única de vencer de veras—, la estrella caerá del cielo, y en el sitio en donde caiga allí está el sepulcro. El sepulcro está donde muera el escuadrón.

Y allí donde está el sepulcro, allí está la cuna, allí está el nido. Y de allí volverá a surgir la estrella refulgente y sonora, camino del cielo.

Y no me preguntes más, querido amigo. Cuando me haces hablar de estas cosas me haces que saque del fondo de mi alma, dolorida por la ramplonería ambiente que por todas partes me acosa y aprieta, dolorida por las salpicaduras del fango de mentira en que chapoteamos, dolorida por los arañazos de la cobardía que nos envuelve, me haces que saque del fondo de mi alma dolorida las visiones sin razón, los conceptos sin lógica, las cosas que ni yo sé lo que quieren decir, ni menos quiero ponerme a averiguarlo.

¿Qué quieres decir con esto? —me preguntas más de una vez—. Y yo te respondo: —¿Lo sé yo acaso?

¡No, mi buen amigo, no! Muchas de estas ocurrencias de mi espíritu que te confío ni yo sé lo que quieren decir, o, por lo menos, soy yo quien no lo sé. Hay alguien dentro de mí que me las dicta, que me las dice. Le obedezco y no me adentro a verle la cara ni a preguntarle por su nombre. Sólo sé que si le viese la cara y si me dijese su nombre me moriría yo para que viviese él.

Estoy avergonzado de haber alguna vez fingido entes de ficción, personajes novelescos, para poner en sus labios lo que no me atrevía a poner en los míos y hacerles decir como en broma lo que yo siento muy en serio.

Tú me conoces, tú, y sabes bien cuán lejos estoy de rebuscar adrede paradojas, extravagancias y singularidades, piensen lo que pensaren algunos majaderos. Tú y yo, mi buen amigo, mi único amigo absoluto, hemos hablado muchas veces a solas de lo que sea la locura, y hemos comentado aquello del Brand ibseniano, hijo de Kierkegaard, de que está loco el que está solo. Y hemos concordado en que una locura cualquiera deja de serlo en cuanto se hace colectiva, en cuanto es locura de todo un pueblo, de todo el género humano acaso. En cuanto una alucinación se hace colectiva, se hace popular, se hace social, en algo que está fuera de cada uno de los que la comparten. Y tú y yo estamos de acuerdo en que hace falta llevar a las muchedumbres, llevar al pueblo, llevar a nuestro pueblo español, una locura cualquiera, la locura de uno cualquiera de sus miembros que esté loco, pero loco de verdad y no de mentirijillas. Loco, y no tonto.

Tú y yo, mi buen amigo, nos hemos escandalizado ante eso que llaman aquí fanatismo, y que, por nuestra desgracia, no lo es. No; no es fanatismo nada que esté reglamentado y contenido y encauzado y dirigido por bachilleres, curas, barberos, canónigos y duques; no es fanatismo nada que lleve un pendón con fórmulas lógicas, nada que tenga programa, nada que se proponga para mañana un propósito que puede un orador desarrollar en un metódico discurso.

Una vez, ¿te acuerdas?, vimos a ocho o diez mozos reunirse y seguir a uno que les decía: ¡Vamos a hacer una barbaridad! Y eso es lo que tú y yo anhelamos: que el pueblo se apiñe y gritando ¡vamos a hacer una barbaridad! se ponga en marcha. Y si algún bachiller, algún barbero, algún cura, algún canónigo o algún duque les detuviese para decirles: «¡hijos míos!, está bien, os veo henchidos de heroísmo, llenos de santa indignación; también yo voy con vosotros; pero antes de ir todos, y yo con vosotros, a hacer una barbaridad, ¿no os parece que debíamos ponernos de acuerdo respecto a la barbaridad que vamos a hacer? ¿Qué barbaridad va a ser ésa?»; si alguno de esos malandrines que he dicho les detuviese para decir tal cosa, deberían derribarle al punto y pasar todos sobre él, pisoteándole, y ya empezaba la heroica barbaridad.

¿No crees, mi amigo, que hay por ahí muchas almas solitarias a las que el corazón les pide alguna barbaridad, algo de que revienten? Ve, pues, a ver si logras juntarlas y formar escuadrón con ellas y ponernos todos en marcha —porque yo iré con ellos y tras de ti— a rescatar el sepulcro de don Quijote, que, gracias a Dios, no sabemos dónde está. Ya nos lo dirá la estrella refulgente y sonora.

Y ¿no será —me dices en tus horas de desaliento, cuando te vas de ti mismo—, no será que creyendo al ponernos en marcha caminar por campos y tierras, estemos dando vueltas en torno al mismo sitio? Entonces la estrella estará fija, quieta sobre nuestras cabezas y el sepulcro en nosotros. Y entonces la estrella caerá, pero caerá para venir a enterrarse en nuestras almas. Y nuestras almas se convertirán en luz, y fundidas todas en la estrella refulgente y sonora subirá ésta, más refulgente aún, convertida en un sol, en un sol de eterna melodía, a alumbrar el cielo de la patria redimida.

En marcha, pues. Y ten en cuenta no se te metan en el sagrado escuadrón de los cruzados bachilleres, barberos, curas, canónigos o duques disfrazados de Sanchos. No importa que te pidan ínsulas; lo que debes hacer es expulsarlos en cuanto te pidan el itinerario de la marcha, en cuanto te hablen de programa, en cuanto te pregunten al oído, maliciosamente, que les digas hacia dónde cae el sepulcro. Sigue a la estrella. Y haz como el Caballero: endereza el entuerto que se te ponga delante. Ahora lo de ahora y aquí lo de aquí.

¡Poneos en marcha! ¿Que adónde vais? La estrella os lo dirá: ¡al sepulcro! ¿Qué vamos a hacer en el camino mientras marchamos? ¿Qué? ¡Luchar! ¡Luchar!, y ¿cómo?

¿Cómo? ¿Tropezáis con uno que miente?, gritarle a la cara: ¡mentira!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que roba?, gritarle: ¡ladrón!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que dice tonterías, a quien oye toda una muchedumbre con la boca abierta?, gritarles: ¡estúpidos!, y ¡adelante! ¡Adelante siempre!

¿Es que con eso —me dice uno a quien tú conoces y que ansía ser cruzado—, es que con eso se borra la mentira, ni el ladronicio, ni la tontería del mundo? ¿Quién ha dicho que no? La más miserable de todas las miserias, la más repugnante y apestosa argucia de la cobardía es esa de decir que nada se adelanta con denunciar a un ladrón porque otros seguirán robando, que nada se adelanta con decirle en su cara majadero al majadero, porque no por eso la majadería disminuiría en el mundo.

Sí, hay que repetirlo una y mil veces: con que una vez, una sola vez, acabases del todo y para siempre con un solo embustero habríase acabado el embuste de una vez para siempre.

¡En marcha, pues! Y echa del sagrado escuadrón a todos los que empiecen a estudiar el paso que habrá de llevarse en la marcha y su compás y su ritmo. Sobre todo, ¡fuera con los que a todas horas andan con eso del ritmo! Te convertirían el escuadrón en una cuadrilla de baile, y la marcha en danza. ¡Fuera con ellos! Que se vayan a otra parte a cantar a la carne.

Esos que tratarían de convertirte el escuadrón de marcha en cuadrilla de baile se llaman a sí mismos, y los unos a los otros entre sí, poetas. No lo son. Son cualquier otra cosa. Esos no van al sepulcro sino por curiosidad, por ver cómo sea, en busca acaso de una sensación nueva, y por divertirse en el camino. ¡Fuera con ellos!

Esos son los que con su indulgencia de bohemios contribuyen a mantener la cobardía y la mentira y las miserias todas que nos anonadan. Cuando predican libertad no piensan más que en una: en la de disponer de la mujer del prójimo. Todo es en ellos sensualidad, y hasta de las ideas, de las grandes ideas, se enamoran sensualmente. Son incapaces de casarse con una grande y pura idea y criar familia de ella; no hacen sino amontonarse con las ideas. Las toman de queridas, menos aún, tal vez de compañeras de una noche. ¡Fuera con ellos!

Si alguien quiere coger en el camino tal o cual florecilla que a su vera sonríe, cójala, pero de paso, sin detenerse, y siga al escuadrón cuyo alférez no habrá de quitar ojo de la estrella refulgente y sonora. Y si se pone la florecilla en el peto sobre la coraza no para verla él, sino para que se la vean, ¡fuera con él!, que se vaya, con su flor en el ojal, a bailar a otra parte.

Mira, amigo, si quieres cumplir tu misión y servir a tu patria, es preciso que te hagas odioso a los muchachos sensibles que no ven el universo sino a través de los ojos de su novia. O algo peor aún. Que tus palabras sean estridentes y agrias a sus oídos.

El escuadrón no ha de detenerse sino de noche junto al bosque o al abrigo de la montaña. Levantará allí sus tiendas, se lavarán los cruzados sus pies, cenarán lo que sus mujeres les hayan preparado, engendrarán luego un hijo en ellas, le darán un beso y dormirán para recomenzar la marcha al siguiente día. Y cuando alguno se muera le dejarán a la vera del camino, amortajado en su armadura, a merced de los cuervos. Quede para los muertos el cuidado de enterrar a sus muertos.

Si alguno intenta durante la marcha tocar pífano o dulzaina o caramillo o vihuela o lo que fuere, rómpele el instrumento y échale de filas, porque estorba a los demás oír el canto de la estrella. Y es, además, que él no la oye. Y quien no oiga el canto del cielo no debe ir en busca del sepulcro del Caballero.

Te hablarán esos danzantes de poesía. No les hagas caso. El que se pone a tocar su jeringa —que no es otra cosa la «syringa»— debajo del cielo, sin oír la música de las esferas, no merece que se le oiga. No conoce la abismática poesía del fanatismo, no conoce la inmensa poesía de los templos vacíos, sin luces, sin dorados, sin imágenes, sin pompas, sin armas, sin nada de eso que llaman arte. Cuatro paredes lisas y un techo de tablas: un corralón cualquiera.

Echa del escuadrón a todos los danzantes de la jeringa. Échalos antes de que se te vayan por un plato de alubias. Son filósofos cínicos, indulgentes, buenos muchachos, de los que todo lo comprenden y todo lo perdonan. Y el que todo lo comprende no comprende nada, y el que todo lo perdona nada perdona. No tienen escrúpulo en venderse. Como viven en dos mundos pueden guardar su libertad en el otro y esclavizarse en éste. Son a la vez estetas y perezistas y lopecistas o rodriguezistas.

Hace tiempo se dijo que el hambre y el amor son los dos resortes de la vida humana. De la baja vida humana, de la vida de tierra. Los danzantes no bailan sino por hambre o por amor; hambre de carne, amor de carne también. Échalos de tu escuadrón, y que allí, en un prado, se harten de bailar mientras uno toca la jeringa, otro da palmaditas y otro canta a un plato de alubias o a los muslos de su querida de temporada. Y que allí inventen nuevas piruetas, nuevos trenzados de pies, nuevas figuras de rigodón.

Y si alguno te viniera diciendo que él sabe tender puentes y que acaso llegue ocasión en que se deban aprovechar sus conocimientos para pasar un río, ¡fuera con él! ¡Fuera el ingeniero! Los ríos se pasarán vadeándolos, o a nado, aunque se ahogue la mitad de los cruzados. Que se vaya el ingeniero a hacer puentes a otra parte, donde hacen mucha falta. Para ir en busca del sepulcro basta la fe como puente.

Si quieres, mi buen amigo, llenar tu vocación debidamente, desconfía del arte, desconfía de la ciencia, por lo menos de eso que llaman arte y ciencia y no son sino mezquinos remedos del arte y de la ciencia verdaderos. Que te baste tu fe. Tu fe será tu arte, tu fe será tu ciencia.

He dudado más de una vez de que puedas cumplir tu obra al notar el cuidado que pones en escribir las cartas que escribes. Hay en ellas, no pocas veces, tachaduras, enmiendas, correcciones, jeringazos. No es un chorro que brota violento, expulsando el tapón. Más de una vez tus cartas degeneran en literatura, en esa cochina literatura, aliada natural de todas las esclavitudes y de todas las miserias. Los esclavizadores saben bien que mientras está el esclavo cantando a la libertad se consuela de su esclavitud y no piensa en romper sus cadenas.

Pero otras veces recobro fe y esperanza en ti cuando siento bajo tus palabras atropelladas, improvisadas, cacofónicas, el temblor de tu voz dominada por la fiebre. Hay ocasiones en que puede decirse que están en un lenguaje determinado. Que cada cual lo traduzca al suyo.

Procura vivir en continuo vértigo pasional, dominado por una pasión cualquiera. Sólo los apasionados llevan a cabo obras verdaderamente duraderas y fecundas. Cuando oigas de alguien que es impecable, en cualquiera de los sentidos de esta estúpida palabra, huye de él; sobre todo si es artista. Así como el hombre más tonto es el que en su vida no ha hecho ni dicho una tontería, así el artista menos poeta, el más antipoético —entre los artistas abundan las naturalezas antiopoéticas— es el artista impecable, el artista a quien decoran con la corona de laurel, de cartulina, de la impecabilidad los danzantes de la jeringa.

Te consume, mi pobre amigo, una fiebre incesante, una sed de océanos insondables y sin riberas, un hambre de universos, y la morriña de la eternidad. Sufres de la razón. Y no sabes lo que quieres. Y ahora, ahora quieres ir al sepulcro del Caballero de la Locura y deshacerte allí en lágrimas, consumirte en fiebre, morir de sed de océanos, de hambre de universos, de morriña de eternidad.

Ponte en marcha, solo. Todos los demás solitarios irán a tu lado, aunque no los veas. Cada cual creerá ir solo, pero formaréis batallón sagrado: el batallón de la santa e inacabable cruzada.

Tú no sabes bien, mi buen amigo, cómo los solitarios todos, sin conocerse, sin mirarse a las caras, sin saber los unos los nombres de los otros se dan las manos, se felicitan mutuamente, se bombean y se denigran, murmuran entre sí y va cada cual por su lado. Y huyen del sepulcro.

Tú no perteneces al cotarro, sino al batallón de los libres cruzados. ¿Por qué te asomas a las tapias del cotarro a oír lo que en él se cacarea? ¡No, amigo, no! Cuando pases junto a un cotarro tápate los oídos, lanza tu palabra y sigue adelante, camino del sepulcro. Y que en esa palabra vibren toda tu sed, toda tu hambre, toda tu morriña, todo tu amor.

Si quieres vivir de ellos, vive para ellos. Pero entonces, mi pobre amigo, te habrás muerto.

Me acuerdo de aquella dolorosa carta que me escribiste cuando estabas a punto de sucumbir, de derogar, de entrar en la cofradía. Vi entonces cómo te pesaba tu soledad, esa soledad que debe ser tu consuelo y tu fortaleza.

Llegaste a lo más terrible, a lo más desolador; llegaste al borde del precipicio de tu perdición: llegaste a dudar de tu soledad, llegaste a creerte en compañía. «¿No será —me decías— una mera cavilación, un fruto de soberbia, de petulancia, tal vez de locura esto de creerme solo? Porque yo, cuando me sereno, me veo acompañado, y recibo cordiales apretones de manos, voces de aliento, palabras de simpatía, todo género de muestras de no encontrarme solo, ni mucho menos.» Y por aquí seguías. Y te vi engañado y perdido, te vi huyendo del sepulcro.

No, no te engañas en los accesos de tu fiebre, en las agonías de tu sed, en las congojas de tu hambre; estás solo, eternamente solo. No sólo son mordiscos los mordiscos que como tales sientes; lo son también los que son como besos. Te silban los que aplauden, te quieren detener en tu marcha al sepulcro los que gritan: ¡adelante! Tápate los oídos. Y ante todo cúrate de una afección terrible que, por mucho que te la sacudas, vuelve a ti con terquedad de mosca: cúrate de la afección de preocuparte cómo aparezcas a los demás. Cuídate sólo de cómo aparezcas ante Dios, cuídate de la idea que de ti Dios tenga.

Estás solo, mucho más solo de lo que te figuras, y aun así no estás sino en camino de la absoluta, de la completa, de la verdadera soledad. La absoluta, la completa, la verdadera soledad consiste en no estar ni aun consigo mismo. Y no estarás de veras completa y absolutamente solo hasta que no te despojes de ti mismo, al borde del sepulcro. ¡Santa Soledad!

Todo esto dije a mi amigo y él me contestó en una larga carta, llena de un furioso desaliento, estas palabras:

«Todo eso que me dices está muy bien, está bien, no está mal; pero ¿no te parece que en vez de ir a buscar el sepulcro de don Quijote y rescatarlo de bachilleres, curas, barberos, canónigos y duques debíamos ir a buscar el sepulcro de Dios y rescatarlo de creyentes e incrédulos, de ateos y deístas, que lo ocupan, y esperar allí, dando voces de suprema desesperación, derritiendo el corazón en lágrimas, a que Dios resucite y nos salve de la nada?».





http://cvc.cervantes.es/literatura/quijote_antologia/unamuno.htm




lunes, 15 de agosto de 2011

Apocalipsis Now




Con algunos, ni tres pasos

Por José Pablo Feinmann


Los de Cristina Kirchner y los de la derecha mediática son dos proyectos diferenciados y antagónicos que hoy se expresan, no sólo en nuestro país, sino en el drama (cercano al desastre o a la implosión de todo un sistema) que sacude al mundo. La economía liberal consagrada desde el Consenso de Washington ha arrastrado al capitalismo a la peor de sus crisis. Poco bueno se puede esperar de cualquiera de las resoluciones que ese acontecimiento histórico termine por expresar. No es casual que hasta el momento América latina, y muy especialmente nuestro país, se haya encontrado poco afectado por ella. Argentina –sencillamente– no está dentro de la economía neoliberal ni dentro del proyecto político que el capitalismo del tercer milenio sigue –casi de un modo suicida– impulsando. El proyecto neoliberal implica la hegemonía de un capitalismo financiero y especulativo que se realiza al margen de la producción. Según he leído, el eminente Eric Hobsbwaum ha declarado que la solución de los problemas actuales del capitalismo está en Marx. No creo que esté demasiado lejos de la verdad o de un valioso puñado de ellas. Pero son muchos los que saben que El Capital inicia su poderoso despliegue con un análisis de la mercancía, que su capítulo inicial lleva por título Mercancía y dinero y se abre con la siguiente frase: “La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un ‘enorme cúmulo de mercancías’, y la mercancía individual como la forma más elemental de esa riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía”. ¿Qué significa esto? Que el capitalismo que Marx analizó en el siglo XIX era un sistema productivo. Todo sistema productivo requiere un mercado de consumo. La antigua burguesía ganaba su dinero produciendo mercancías y, para hacerlo, requería fuerza de trabajo. Esa fuerza de trabajo –que eran los obreros– encontraba una inclusión en el sistema porque era a la vez una fuerza consumidora, junto a todos los otros sectores de la sociedad. Las clases medias ligadas a los estamentos de servicios, por ejemplo. No a los de la producción directa. Como fuere, el antiguo capitalismo generaba trabajo, pues su centro era la fabricación de mercancías. La dialéctica entre la producción y el consumo requería de ambos polos. No había producción sin consumo ni consumo sin producción. Este capitalismo (a partir, sobre todo, de la derrota de la Unión Soviética) fue reemplazado por un capitalismo financiero y especulativo, que, lejos de generar inclusión y puestos de trabajo, genera marginalidad y exclusión. En menos de veinte años está al borde del abismo. Los territorios de experimentación del Consenso de Washington fueron los países de América latina. Acaso Argentina haya sido el conejito de Indias privilegiado en que los diez puntos creados por el economista John Williamson y llevados adelante por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial como entes hegemónicos se aplicaron fervorosamente. Ese fervor se llamó menemismo. El gobierno de Carlos Saúl Menem y sus socios del capitalismo financiero y agrario cumplieron el esquema de los diez puntos del Consenso y devastaron el país, enriqueciéndose ellos en uno de los bandalajes más grandes de nuestra historia. El país –así destrozado– llegó a las crisis de 2001 y 2002. De esas crisis (que son un precedente de la que ahora conmueve a los países del Primer Mundo) salimos por medio de un esquema económico completamente alternativo. Fue el que aplicó el llamado “kirchnerismo”. Una mezcla de Keynes, el primer Perón y el populismo de izquierda latinoamericano. Ante todo, la recuperación de la política por medio de la recuperación del Estado. Desde Martínez de Hoz se dijo en la Argentina que achicar el Estado era agrandar la Nación. No es casual: el poder que hoy se empeña en retornar al capitalismo de la primacía de la economía, del “libre” mercado y de la primacía del capitalismo, no de la producción, sino de la especulación financiera y de la destrucción del Estado, es hijo dilecto de Martínez de Hoz y de los militares del golpe del ’76, de aquí que tanto los defiendan o que tanto los enfurezca que se los juzgue y acusen al Gobierno que lo hace de pertenecer a cierta remota organización armada de los años ’70.

A partir de 2003 la recuperación de la economía argentina es palpable y evidente. Lo saben aun los que odian a este gobierno, pero también saben que la están pasando bien, hasta diría demasiado bien. Autos cero cambiados cada dos años, restaurantes colmados, vacaciones, ropa, casas nuevas, etc. Por otra parte, el panorama de algo llamado “oposición” es tan desteñido que ha terminado casi por evaporarse. Sin embargo, la oposición no es la oposición. La verdadera oposición son los medios. El poder mediático en manos de las más grandes corporaciones que se han beneficiado y se beneficiarán aún más con un retorno a los viejos tiempos no tan viejos: apenas los benditos noventa. ¿Por qué la crisis mundial no ha afectado aún (y acaso lo haga, pero en una medida irrelevante) a la Argentina? Porque Argentina no participa de ese sistema económico. La economía política argentina (con lo que quiero decir: no hay economía sin un proyecto político detrás) se basa en la recuperación del Estado, en un intento de distribución del ingreso (que choca con enormes resistencias: recordar los días negros del conflicto con el “campo” en que todos, pero todos, desde la derecha hasta la izquierda, se unieron contra el Gobierno para defender un 3 por ciento de las ganancias millonarias de los dueños de la tierra), lucha contra los monopolios mediáticos en un intento inédito en este país de, por decirlo así, deconstruirlos y llevarlos a una competencia leal e igualitaria dentro del mercado (y lograr que éste sea realmente “libre”), sensibilidad ante los sectores populares y la lucha contra la pobreza, política abierta y valiente por los derechos humanos, juicio a los criminales de la dictadura, respeto y apoyo a las Madres y a las Abuelas (si ningún represor fue víctima de alguna venganza individual fue por la lucha de esas heroínas que nos distinguen ante el mundo y que jamás pidieron venganza sino justicia) y varias cosas más que llevan a dibujar una clara identidad de populismo de izquierda, la expresión política latinoamericana más avanzada en la lucha contra los poderes imperiales que en este momento puede librarse. Esto siempre será excesivo para la derecha y escaso para la izquierda. No importa. Es bueno y alentador que la izquierda haya superado el 1,5 por ciento, porque eso la alejará de las tentaciones de otras vías que no sean las de la participación dentro de la lucha democrática.

Aunque algunos lo digan, no termino de convencerme acerca de la inteligencia del electorado de Buenos Aires. Que sería así: votar a Macri para contener el poder omnímodo de Cristina Kirchner. Macri ya gobernó cuatro años y no contuvo nada. ¿Por qué habría de hacerlo ahora? No lo hará. No es un político. No tiene un partido ni gente capaz. Hará otra triste experiencia. Y si lo votaron desde el antiperonismo, se equivocan. El cristinismo es una experiencia nueva en el país. Sus raíces están en el peronismo, pero no diría lo mismo de su futuro. No es que lo desee. Sólo creo que será así. Cristina K irá en busca de un gobierno de unidad nacional, moderno, nuevo, sin bloqueos partidarios. Ahora bien, en la “unidad nacional” no entran todos. Porque, si así fuera, esa “unidad nacional” sería la noche en que todos los gatos son pardos. No, los canallas afuera. Esta determinación deberá ser ampliamente consensuada, jamás unilateral, pero existen en el país muchos que no lo quieren ni desean su triunfo, sino el propio, el de sus intereses, el de sus finanzas y para ello acuden a cualquier cosa. Sobre todo, a la mentira y a la injuria. Con todos, sí. Pero con ellos, no. Esa consigna que circula por ahí (“Con Videla o contra Videla, pero todos juntos”) es, para mí, un insulto. Y para muchos argentinos. Por fortuna, para la mayoría. Uno, si no es claramente un hijo de puta, no camina ni tres pasos con un tipo que está con Videla.



http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-174504-2011-08-15.html






martes, 10 de mayo de 2011

TRILLO







Adiós al maestro

Por Diego Agrimbau *

Disculpame, escuché lo que decías... ¿vos hacés guiones de historietas?

–Trato –le dije tímidamente al señor morocho que se había acercado hasta nuestra mesa del restaurant Munich, en Flores. Era el otoño de 1998 y yo todavía andaba luchando en el nutritivo fango de la historieta independiente.

–Mi nombre es Enio, soy dibujante –me aclaró mientras anotaba un teléfono en una servilleta de papel—. Llamalo a Carlitos de mi parte. El te puede dar una mano.

–¿Carlos? ¿Qué Carlos? –pregunté temiendo recibir la respuesta correcta.

–Trillo –aclaró Enio.

Lo llamé titubeante por teléfono y en menos de un minuto de charla me invitó a pasar por su estudio de Talcahuano y Santa Fe. Cuando llegué, me encontré con decenas de originales de Cybersix que Carlos Meglia, su compañero de estudio en aquel momento, desparramaba por el piso. Al mismo tiempo, del fax brotaban varias páginas de Clara de Noche que le enviaba Jordi Bernet desde España. Y recuerdo que lo que más me apabulló fue una biblioteca entera sólo con libros de historieta de su autoría. Antes de sentarme a charlar por primera vez con Trillo en su escritorio, a mí ya no me cabían dudas: eso es lo que quería hacer por el resto de mi vida.

Varios años más tarde, gracias a sus consejos y contactos, logré publicar mi primer libro en Europa. Luego, con cada nuevo problema que aparecía en mi vida como guionista, era a él a quien acudía por una respuesta. Y pese a nuestra gran diferencia de experiencia y logros profesionales, él siempre me trató como a un colega, incluso para pedirme opinión sobre los dibujantes que le acercaban sus trabajos o algún contrato difícil de firmar. Ha sido un gran honor tener la confianza y la amistad de Trillo en estos años. Y mientras releo los cientos de e-mails que he guardado con nuestras conversaciones electrónicas, lamento no haberlo visto personalmente con mayor frecuencia, sobre todo en los últimos tiempos. Ahora resultan preciosas y escasas todas las veces que fuimos a comer a orillas del río, las reuniones de café, las charlas en su estudio.

Se fue Trillo. Demasiado pronto. La historieta del mundo lo llora.

Y yo lo voy a extrañar siempre.

* Guionista.


http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/21649-5884-2011-05-10.html

Mi Trillo

Por Miguel Rep

Si me lo hubiera encontrado ayer a Carlos Trillo, y comentado sobre el fallecimiento de Carlos Trillo, hubiera reaccionado así:

–Uy, ¿en serio?

(...)

–Qué cagada, ¿no?

Y luego de un silencio más breve aún, levantando sutilmente las cejas:

–Y bué..., tsch, qué va a hacer...

Eso, que los amigos de Carlos sabemos sería una escena posible, nos alivia en esta terrible transición, nos aleja la tentación de manifestarnos con dolores pomposos y solemnidad. Carlos era así, naturalizaba mucho del disloque que ocurre en esta disparatada vida. Vida que ha culminado, para nuestra extrañeza, en plena vitalidad, proyectos y creaciones. Lo hemos visto siempre feliz, y eso nos alcanza. Y nos deja muchas historias, narraciones muy diversas, cuarenta años de hermosas historietas, con personajes que, como él, nunca se tomaron demasiado en serio este lado del mostrador. Fue hermosa tu vida, bigotón, gallego, y gracias por lo que de Carlos Trillo voy a llevar siempre en mí.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/21649-5885-2011-05-10.html

Otras voces

Horacio Altuna (guionista y dibujante): “Desde un punto de vista profesional era, seguramente, el más grande guionista argentino después de Oesterheld. El agujero que deja es inmenso, porque tenía una gran producción, de muy alta calidad, que alimentaba a muchísimos dibujantes, entre los que en algún momento me conté. Creo que todos hemos trabajado con Trillo en los últimos 40 años, como en los ’50 y ’60 lo hicieron otros con Oesterheld. Era único e irreemplazable. Así de simple. Personalmente, parte de lo mejor que he hecho en historieta fue con Carlos. Podría decir que no sé qué hubiera sido de mi carrera profesional si no me hubiera cruzado un día con él. Le estoy agradecido por lo que me brindó y por lo que aprendí trabajando juntos. Chau, Carlos, gracias y hasta siempre”.

Rodolfo Santullo (guionista): “El primer recuerdo que tengo de una historieta de Carlos Trillo es en Fierro. La Fierro vieja, claro. La historieta era Peter Kampf lo sabía y directamente me fascinaba. Creo que a partir de ahí fue que empecé a buscar quiénes eran los autores de las historietas y empecé a buscar, obviamente, más historietas de este tal Trillo. Y eventualmente llegué a Cosecha verde. Y listo, fue el acabóse. Era de lo mejor que había leído en mi vida. Aún hoy, muchos años después, está dentro de lo mejor que he leído jamás. En el ínterin de ambas lecturas y mientras avanzaban los años, decidí que iba a tratar de escribir mis propias historietas y Trillo siempre fue un modelo a seguir. Uno difícil, sin dudas, ya que pocos autores crean personajes como Trillo, estructuras narrativas como él, argumentos con mil aristas, puntas, extremos, líneas. Años más tarde, tuve el placer de conocerlo. Poco, lamentablemente. En persona, apenas si charlamos dos o tres veces y fue muy grato encontrar a un tipo cálido, humilde, divertido. Cruzamos algunos mails también, pocos una vez más. Es muy triste saber que se ha ido. No hace mucho leía una extensa entrevista que le hacían en un blog italiano y me asombraba la cantidad de historias, series y novelas gráficas que desarrollaba al mismo tiempo, que ahora han quedado truncas. Huérfanas. Como todos nosotros que tratamos de escribir historietas y nuestro mayor modelo ya no está”.

Rudy (guionista y humorista): “Lo conocía personalmente, pero eso es anecdótico. Yo diría que Trillo es uno de esos maestros que tenían muchos alumnos, pero que no lo sabía. Creo que uno de los primeros contactos que tuve con la obra de Trillo fue Satiricón, en los setenta, cuando escribía con Alejandro Dolina. En esa revista había varias duplas. Es una cosa rara: eran dos escritores, pero ninguno era dibujante. Después me enteré de que antes de eso había dirigido la revista Antifaz. Fue una revista muy linda de fines de los sesenta que hacían los de Anteojito, pero con más historieta. Ahí aparecen por primera vez Lucky Lucke y Asterix, y además traía una serie de cuentos y literatura para chicos buenísima. Además, ¿quién puede sentirse lejano de las tiras como El “Loco” Chávez y El Negro Blanco? Fueron muy disfrutadas por mí. Trillo nunca estaba exento del humor: algunas historietas se iban más para otro lado, como Cybersix, de ciencia ficción y súper interesante. Pero muchas tenían que ver con cierta cosa humorística. Me acuerdo de Polución Nocturna, que salió en la primera Fierro. El grupo de gente que constituyeron en una época Trillo, Guillermo Saccomanno, Juan Sasturain hacía cosas muy esperables, muy disfrutables. Desde un lugar más egoísta, me gustaría seguir conociendo más historias contadas por él. Fue alguien que a mí me marcó, más que nada, en mi adolescencia y postadolescencia, pero que sigo recordando y riendo con las cosas que hizo. Fue un maestro y al mismo tiempo fue ese tipo que te contaba cuentos muy buenos de esos con los cuales no te vas a dormir. No te ibas a dormir nunca sus historias porque querías saber cómo seguían. Y cuando terminaban, uno quería que contara otro. Su obra tenía intriga pero también humor. Fue una persona que hizo cosas muy valiosas en su vida”.

Guillermo Saccomanno (escritor y guionista. Junto a Trillo, hacía la sección de críticas “Club de la historieta” en Skorpio): “Además de amigo, fue una marca importante porque tiene que ver con mi formación intelectual, no sólo desde lo que hace a la escritura de guiones, sino porque con él descubrí la historieta y la llamada ‘literatura seria’. El era un gran lector, infatigable, que podía leer desde Ray Bradbury hasta Raymond Carver. Además, formó generaciones enteras de lectores más allá de la historieta. Es una gran pérdida, es como perder un hermano mayor”.

Eduardo Maicas (coguionista de Clara de Noche y dibujante): “No lo puedo creer. Siento su muerte más por la parte humana que por profesional. Porque éramos muy amigos, hablábamos tres o cuatro veces al día. Y cada 15 días nos juntábamos en un bar religiosamente a hacer Clara de Noche, tira que hacemos desde hace 20 años. Lo quería mucho. Carlos siempre fue una persona muy noble y generosa. Y era un muy buen profesional: podía abarcar cualquier género y lo hacía bárbaro. En Clara... él era el verdadero guionista y yo le daba el toque de humor en el remate. Es inevitable el nombre de él cuando se habla de historieta argentina. Era muy humilde, pero era un grande. Se manejaba con simpleza y nunca se la creía. Nunca voy a olvidar algo que me decía cada vez que se iba de viaje: ‘Cuidá las Rodhesias’. Era como decir que cuidara el ‘kiosquito’”.



Fernando Calvi (dibujante y guionista, trabajó junto a Trillo en Cybersix): “Que era un gran guionista y creador de personajes es indiscutible. Lo genial es que nunca intentó legitimar desde otro lado que no sea la calidad. Con él tuve una relación muy particular cuando trabajamos en Cybersix. Fue una experiencia rara, muy linda. Vine del interior y lo fui a ver con guiones bajo el brazo y el tipo me atendió. De la noche a la mañana pasó de ser un ídolo a ser un compañero de trabajo. En ese tiempo, cuando nos juntábamos con Mandrafina, Maicas y él, comencé a conocer la cocina de todo. Fue súper interesante trabajar con él, porque era conocerlo antes de la producción. También fue un tipo muy inquieto. Jodíamos con que era más joven que yo, porque siempre estaba informado, actualizado. Y era un lector voraz. Si bien tenía un estilo y una personalidad muy fuerte, era un tipo muy dúctil. Tenía esa cualidad de ser guionista de dibujantes. Carlos les escribía a los dibujantes y potenciaba su obra. Con (Horacio) Altuna era un Trillo y con (Jordi) Bernet y (Carlos) Meglia, otro totalmente distinto. Es que era muy ágil y móvil en su producción: le daba una valoración muy grande a la dupla, intentaba entrar al mundo del otro y se adaptaba de una forma notable. Sin duda, fue un constructor de duplas. Cuando trabajabas con él, te permitía aprender muchísimo. No se guardaba nada, contaba todo, era muy franco. La interacción con la gente lo cargaba de pilas”.

Domingo “Cacho” Mandrafina (dibujante, hizo con Trillo Los misterios de Ulises Boedo y El husmeante, entre otros): “Su muerte fue tan inesperada como incomprensible. Siento un hueco enorme. No es sólo la pérdida de un amigo, hay que dimensionarlo como el profesional que era: un historietista testigo de todas las épocas posteriores a Héctor Germán Oesterheld. Trillo forma parte de la etapa más clásica de la historieta y a la vez estaba en contacto con las nuevas generaciones. Yo podía disfrutarlo en el trabajo, apreciarlo en la relación cotidiana con los tácitos y sobreentendidos que son imposibles de armar de la noche a la mañana, pero su ausencia va más allá: es irreparable, además, por el talento que tenía”.



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CARLOS TRILLO ERA UN GENIO!

A veces la vida te da cosas hermosas. Y a veces te las cobra carísimo. Yo soy un privilegiado: a los 12 años leía y veneraba con pasión a Solano López, Horacio Altuna, Juan Zanotto y Carlos Trillo. A los 32, comía facturas o milanesas en la casa de Solano López, Horacio Altuna, Juan Zanotto o Carlos Trillo. Poder hacerte amigo de tus ídolos es maravilloso. Pero es un arma de doble filo: cuando uno de ellos se va, te deja un dolor indescriptible. Se va el grande de la historieta, el que te hizo pasar (a vos y a millones de lectores más) momentos inolvidables, en los que te fascinó con sus relatos dibujados... pero también se va tu amigo, el que compartió con vos charlas, asados, viajes, bromas, alegrías y tristezas. Ese dolor indescriptible, horrible, que hace que se me complique incluso apretar las teclitas del teclado, no es nuevo. Debutó cuando murió Zanotto en 2005 y volvió por partida doble en 2008 cuando se nos fueron Dani the O y Carlos Meglia. Hoy volvió recargado, afilado, más tremendo que nunca.

Carlos Trillo fue, para todos sus amigos (que éramos muchísimos), un tipo absolutamente fundamental, central, un pilar, más que un totem. Carlos tenía la edad de mis viejos, pero me trataba a mí (y a los otros amigos de la edad de sus hijos) como pares, de igual a igual, sin hacer pesar jamás la infinita chapa que le daban, además de los años, la fama internacional y el talento descomunal. Carlos era pura generosidad: las puertas de su estudio siempre estaban abiertas para quien quisiera compartir una tarde de libros, historietas, Coca (Zero) y alfajores. Las charlas solían arrancar por el lado del comic, su fauna y su mercado, pero podían derivar fácilmente hacia la literatura, el cine, la sociedad o la política. El futbol no, no le interesaba en absoluto. En todas esas charlas, Carlos enseñaba (a veces sin darse cuenta) y uno aprendía. Cualquiera que haya presenciado alguna de las charlas, talleres, o conferencias que brindaba en eventos y convenciones sabe que estoy hablando de un tipo de enorme lucidez, ameno, dinámico, al que le encantaba comunicar.

Había estudiado Derecho, pero abandonó cuando le faltaban unas pocas materias. Pronto encontró trabajo como creativo publicitario, una profesión que dejó cuando promediaban los años '80 y en la que brilló de la mano de colaboradores como Martín García, Guillermo Saccomanno y Alejandro Dolina. Pero ya desde los '60, Trillo coqueteó con el guión de historietas, al principio en una editorial muy chiquita, más tarde escribió cuentos para la revista Patoruzú y ya en el '67 escribía comics para las revistas de García Ferré: el semanario Anteojito y el mensuario Antifaz, más orientado a la historieta.

Para mediados de los '70, Trillo ya era un verdadero guionista de historietas, que trabajaba nada menos que con Alberto Breccia y Horacio Altuna. Después se sumaron a la lista Enrique Breccia, Ernesto García Seijas, Tabaré y muchísimos más, hasta llegar a nuestra década con un elenco de dibujantes increíble, en el que brillan Jordi Bernet, Cacho Mandrafina, Lucas Varela, Pablo Túnica y Eduardo Risso. En el medio, Trillo trabajó con casi todas las luminarias de la historieta nacional y también con próceres de otras latitudes, como Fernando Fernández o Roberto Dal Pra. Por si le faltara algo, co-escribió dos textos de difusión de la historieta y el humor gráfico, uno junto a Saccomanno y el otro junto al gran Alberto Bróccoli.

¿Qué lo distinguía a Carlos de otros grandes guionistas, como Robin Wood, o Ricardo Barreiro? Yo creo que la pasión por la historieta. Carlos era uno de los pocos autores consagrados que seguía leyendo (además de mucha literatura, ensayos, investigación periodística, etc.) mucha historieta. Solíamos ir a comprar comics, varios de sus amigos le recomendábamos autores, le prestábamos material... y él hacía lo mismo con nosotros! De cada uno de sus viajes por el mundo, traía alguna revista o álbum con autores que no conocíamos y nos señalaba los que a él le parecían mejores, para que tratáramos de conseguir otros trabajos de ellos. La mesa de su estudio siempre estaba repleta de historietas, y no precisamente de las que escribía él.

Y su otro rasgo más notable debe haber sido la versatilidad. Trillo escribía desde hace muchos años una historieta para la revista Jardín de Genios, apuntada a los chiquitos que todavía no leen. Y al mismo tiempo hacía historieta porno pasada de rosca para revistas europeas! En el medio, buenas historietas para chicos, aventuras para adolescentes y relatos más jugados para los lectores adultos. No había género ni registro que lo intimidara. Ni siquiera el de los superhéroes, como demostró con Cybersix, su memorable incursión en ese campo.

Otra particularidad de Trillo era su facilidad para crear buenos personajes femeninos, sin duda el rubro en el que superó holgadamente a su maestro, Héctor Oesterheld, en cuyas historietas las mujeres jamás tienen onda, ni protagonismo, ni nada. Trillo, en cambio, te bombardeaba con series en las que las mujeres tenían la manija: Clara de Noche, Cybersix, Fulú, Sick Bird, Sasha Despierta, Custer, Bolita, Basura, La Marque du Peché, Borderline... y por supuesto en las demás suelen aparecer personajes femeninos relevantes, creíbles y bien trabajados, empezando por las inolvidables minas del Loco Chávez.

Falta muchísimo, creo yo, para que nos terminemos de dar cuenta de la gravedad de la pérdida que acabamos de sufrir. Trillo era enorme en muchos sentidos y la marca que deja en este medio sólo se compara a la que dejaría la luna si impactara contra la tierra. Prolífico, prestigioso, exitoso, Trillo se las ingenió (como Moebius, o David Bowie) para ser vanguardia 40 años ininterrumpidos. Fue historiador, fue editor, recorrió el mundo representando a la historieta argentina, supo hacernos reir, pensar, hacer memoria, nos emocionó, bajó línea en épocas en las que bajar línea podía costarte la vida, abrió caminos, abrió cabezas, enseñó, mutó, evolucionó, se reinventó y siempre, absolutamente siempre, convirtió esa inigualable experiencia en sabios consejos que regaló a quienes se le acercaron en busca de una brújula, ya sea en la profesión o en la vida.

Carlos falleció en Londres, cuando para nosotros era la noche del 8 de Mayo, pero para los ingleses era la madrugada del 9. Hacía muy poquito había soplado las 68 velitas. Estaba de viaje junto a su mujer, la escritora Ema Wolf, con quien tuvo dos hijos. Se descompuso, lo llevaron a un hospital, y ahí quiso la fatalidad que llegara a su fin esta leyenda. Todavía no se sabe cuándo llegarán sus restos a la ciudad de Buenos Aires, que lo vio nacer un 1º de mayo de 1943.

Tampoco se sabe cuántos años tardaremos en recuperarnos de este golpe, cuántos homenajes habrá que organizar para hacer honor al gigantesco legado, a la infinita chapa, al incomparable talento de ese maestro, ese genio, ese amigo que ya no está y al que tantos le debemos tanto. Empezamos por esta nota, muy humilde, pero escrita desde el corazón. Un millón de gracias, Carlos. Por todo. Y hasta siempre. (Andrés Accorsi)


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¿NO?

Por Laura Vazquez

Desde el domingo a la noche, el tiempo no pasa. Hoy martes, a esta hora, debería estar dictado mi seminario sobre historieta argentina en la facultad. Los textos de Trillo se acumulan en la caja “Artes Secuenciales” de la UBA. Y no sé cómo ponerme al frente del aula sin largarme a llorar. Entonces, no lo hago. Yo no sé si era “otro Carlos” con el que me conectaba, pero poco me importaba su figura de guionista. Leí casi todos sus libros, por supuesto, hasta me atreví a escribir sobre su obra, pero no era por ahí la cosa. A Carlos y a mi nos gusta hablar de historia, de literatura, de Masotta, de Copi, de García Ferré, de arte, de crítica, de Carver, de ciencia ficción, de cine, de Oesterheld, de Breccia, de teoría y pavadas como esas. Miro las postales de un pasado que no puedo ni quiero soltar. Y ahí nos veo, en los cafés y comidas (siempre con Diego) haciéndonos un hueco para hablar de “cosas serias”. Y luego la charla seguía y hablaban de editores, de dibujantes, de contratos y yo me perdía. Cada tanto me nombraba en una nota al lado de los guionistas. O decía por ahí que le gustaba cómo escribía, que tenía que hacer más guiones de historietas. Y yo luego lo llamaba o le escribía para recriminarle: “¡Pero no me chicanees más Carlos! ¿Vos sabes que soy investigadora y que laburo de otra cosa?”. Y siempre, ahora releo o recuerdo decía: “pero se puede hacer todo bien”. Él sí, yo no. Durante años lo llamé y escribí para pedirle datos, para corroborarlos, para que me lea un capítulo o un ensayo en proceso. ¡Le envíe hasta ponencias de Congresos y artículos de revistas académicas! Nunca me dijo: “Estoy podrido de vos” y seguramente, lo estuvo en algún momento. O no. Como sea, me respondía y daba meticulosas sugerencias siempre iluminadas y certeras. Me aconsejaba alguna lectura, me corregía un año o un apellido mal escrito. Y nunca dejaba de alentarme. Cuando le mandé la tesis hace un par de años me escribió uno de los correos más lindos que haya recibido alguna vez. Lo llamé al estudio para agradecerle y lo primero que dice es: “Estoy en la bibliografía como investigador y crítico, ¿ese debe ser un error, no?”. Y se refería al capítulo 7 (que no está en el libro) “Intelectuales e Historietas”. Porque ahí estaban Oscar Masotta, Oscar Steimberg, Jorge Rivera, Juan Sasturain y estaba él, obviamente. Tan sólido, tan faro, tan inquieto. El libro que hicieron con Saccomanno para Récord, ya deshojado, en bolsita, lo doy cada cuatrimestre en la facultad. Sus textos publicados en los catálogos de las Bienales, los de los fascículos de Toutain, los del CEAL. Algunas entrevistas que le hice y otras que fui rastreando. La sección “El club de la Historieta” en Skorpio. Mientras otros le demandaban técnica, oficio y virtuosismo como escritor de historietas, yo le pedía que me explique la historia. Y estoy segura que nos satisfacía a todos, con creces. Por ahí no coincidíamos: “Laurita… no creo que Las Puertitas del Sr López sea tan importante para que lo presentes en un congreso”. Y yo creí siempre que lo poco importante, en todo caso, era el congreso. Pero él me leía y me daba su devolución, a favor, siempre sumando. Discutíamos sobre el libro de Dorfman y Mattelart. ¡A Carlos le encanta tanto el Pato Donald!. A mí no. Así que es divertido hablar (era divertido hablar) de ello. Cuando lo llamé para invitarlo al congreso de Viñetas Serias se alegró porque se iba a reencontrar con Oscar Steimberg después de no sé cuántos años sin verse. La vida los había alejado, esas putas cosas del destino. Me acuerdo que me mandó un mensajito de texto el día de su charla para decirme: “Estoy perdido en la Biblioteca Nacional”. Ya estaban todos. La mesa la coordinaba Fede Reggiani, estaba Oscar, el público. Salgo corriendo para el hall. Nuevo mensaje: “Estoy en el ascensor”. Se abre la puerta y lo veo ahí: “Ah, me viniste a buscar….está bien, es un laberinto la biblioteca, ¿no?”. La charla salió maravillosa. El reencuentro de los dos, me sacó alguna lágrima que disimulé. Fede hizo un trabajo impecable: llevó la conversación por rumbos deliciosos y ahora nos queda eso para atesorar, dos horas de filmación y un aplauzo de cierre. Nos escribimos y vimos varias veces después. Pero no los últimos meses. Me apuraba con la investigación sobre García Ferré y Quinterno. En uno de sus últimos correos (las últimas veces, escribía él) me dice, copio: “¿Para cuándo la entrevista con García Ferré?, el hombre está muy viejito y tenes que entrevistarlo. Cuando quieras hablamos de mi paso por la editorial”. No llegué a hacerlo. Total, había tiempo. ¿Qué apuro hay? Nos mudamos hace un par de meses, el verano se pasó rápido y bueno, total, Carlos estaba siempre ahí, a la vuelta de la esquina. Ese trabajo fue mi proyecto de ingreso a Conicet. Antes de enviarlo para evaluar y después que lo lea Diego, se lo mandé a Carlos. No sé porqué (o sí sé porqué…él tenía la fiebre de la investigación en la sangre) se encantó con este proyecto. Yo le decía que mi muñeco favorito era un Topo Gigio que hablaba. ¿Y qué decía?” Me preguntó una vez: “A la camita… ¡qué va a decir Carlos!”. Y se rió. Ese costado infantil que lo hacía tan maravilloso. Como si siempre se pudiera entender perfectamente con los niños. Por eso estaba rodeado de jóvenes. Por eso a todos nos parecía que estaba siempre igual. A Carlos no le pasaba el tiempo. O sí, pero era el mismo. Los que madurábamos, éramos nosotros. La última vez que lo vi le dije que le debía un libro de Copi, uno deshojado, sin tapa, uno que me prestó hace años. Me contestó que se lo lleve al estudio alguna tarde y de paso hablábamos del tema. Al libro me lo quedo ahora, junto a la charla que no fue. Ese día también me preguntó por el enano, el que hacíamos con Ale Lunik. “Ustedes tienen que hacer un libro juntas, son bárbaras…”. Y yo le decía que sí, que espere, que seguro que lo íbamos a hacer. Teníamos una reunión con Ale ayer, para arrancar, pero la reunión se resiste sin él. El primer Ojo al Cuadrito, fue sobre Bolita (el último, el de este sábado, sobre una historieta de Matías Trillo) Me escribió que le gustó (aunque no sé si demasiado) porque enseguida me preguntaba por García Ferré, por Copi…por los proyectos “serios”. Y me decía que le cuente en qué andaban esas investigaciones, pero yo me hacía la distraída, no avancé mucho el año pasado. Y no fui a hablar sobre la familia panconara, ni sobre hijitus, ni sobre el hada patricia, porque ya habría tiempo. Si él siempre está ahí, tan generoso y grande como pocas veces conocí. Era un maestro y más que eso. Era un amigo. Nudo en la garganta. Y los amigos nunca parten…¿no?

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