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viernes, 4 de noviembre de 2011

Campana de palo







La escuela pública es mejor que la privada


Por Jorge Berguier * y Enrique Samar **

En la Ciudad de Buenos Aires, la mayoría de las familias opina que la escuela privada es mejor que la pública y, por lo tanto, hacen el esfuerzo económico, los que pueden, por enviar a sus hijos allí. ¿Por qué la mayoría de las familias porteñas cree que la escuela privada es mejor que la pública? Se trata de una batalla cultural que debemos librar todos los días: nosotros decimos que la escuela pública porteña es mejor que la privada y a continuación explicaremos nuestro punto de vista.

En primer lugar, la escuela pública se caracteriza porque es de todos, todos los niños y niñas son aceptados sin hacer ningún tipo de selección, ni de diferencias. Los docentes se designan por puntaje. Se intenta promover la solidaridad, la educación intercultural, la formación integral en derechos humanos y ciudadanía. La educación pública nos equipara, nos coloca como ciudadanos en un mismo plano, nos enseña que todos tenemos los mismos derechos, nos ayuda a fortalecer la integración y a reconstruir el tejido social.

El concepto de educación privada es el de una educación para unos pocos, nos segmenta, nos divide en clases, se fomenta el individualismo y la competencia. Las maestras y maestros son designados a dedo. El concepto que subyace es el del paradigma consumista: ser es tener. Para acceder debo pagar y como pago soy un cliente, y cuanto más pago mejor es el servicio. En la escuela privada si algún alumno tiene problemas, al año siguiente se le niega la vacante. ¿Enseñar a ralear al diferente es calidad educativa? ¿Eso es lo que quieren los padres/clientes? Lamentablemente hay que decir que muchas veces sí, muchas veces los padres quieren que todos los alumnos “sean iguales” y echan al diferente.

En las escuelas públicas, los docentes hemos aprehendido que somos todos diferentes y que esa diferencia nos nutre y enriquece, y que si un alumno presenta dificultades de aprendizaje, hay que enseñar solidaridad, rodearlo con los chicos para que entre todos lo ayudemos a salir adelante. Y los contenidos se aprehenderán mucho más así, porque no hay mejor forma de comprender realmente un contenido que tratar de ayudar a un compañero a aprenderlo. Y si hay conflictos, hay un consejo de convivencia en el aula, o una asamblea de grado para debatir el tema. ¿En qué escuela privada ocurre semejante cosa? Y, si con todo esto no alcanza, están los Equipos de Orientación Escolar (EOE) en primaria y los de Asistencia Socioeducativa (ASE) en secundaria, para ayudar... con los alumnos dentro de la escuela...

Las escuelas públicas intentan enseñar de forma constructivista. A veces lo logran más, a veces menos, pero luchan por aplicar el diseño curricular, fuertemente constructivista, que es ley y por lo tanto debería aplicarse en todas las escuelas.

En las escuelas privadas, muchos padres añoran el conductismo que mamaron como alumnos. Por eso la mayoría de las escuelas privadas son conductistas (justamente porque los padres son clientes y suelen, explícita o implícitamente, reclamar eso). Los supervisores de educación privada deberían controlar este tema. En algunos casos, la cuestión es escandalosa: la educación sexual es obligatoria por ley en todas las escuelas de todos los niveles. En muchísimas escuelas privadas confesionales, el único método anticonceptivo que se enseña es la abstinencia.

Uno de los pilares de la calidad educativa es la construcción de ciudadanía. Muchas familias sostienen todavía que “a la escuela se va a estudiar” (¡rémora de la dictadura!), por lo tanto exigen, explícita o implícitamente, que no haya centros de estudiantes, por ejemplo, porque esto “distraería” a los alumnos, “sería hacer política” y un sinfín de etcéteras. Las escuelas privadas (casi en un ciento por ciento) no tienen centros de estudiantes, verdaderos constructores de ciudadanía. En las escuelas públicas, cada vez –felizmente– hay más centros de estudiantes, porque cada vez son más los jóvenes que vuelven a interesarse por lo público. Se apunta a que los alumnos sean críticos y reflexivos, activos defensores de la democracia participativa desde el ejemplo, no desde escribir cien veces en el pizarrón “la Constitución debe regir”.

Y acá entramos en otro terreno clave: “Lo que pasa es que en la escuela pública se hacen paros y en la privada no”, y se dice que eso mejora la calidad educativa de la escuela privada, cuando la cosa es justamente al revés. Cuando los docentes de escuelas públicas hacemos paros, enseñamos el artículo 14 bis de la Constitución Nacional. Cuando los dueños de las escuelas privadas presionan a sus docentes a no hacer paros, enseñan que los patrones pueden impunemente incumplir la Constitución Nacional y les enseñan a los alumnos a ser sumisos y obedientes, porque así se conservan los trabajos. Lo mismo ocurre con el derecho a la libre agremiación. En las escuelas privadas casi no hay delegados sindicales. O sea que allí se enseña, nuevamente, que el patrón puede incumplir impunemente el artículo 14 bis.

Dicen: “No hay que perjudicar a los chicos con los paros”. Nosotros pensamos al revés. Se “perjudica” a los chicos enseñándoles a ser “sumisos y obedientes” en lugar de “críticos y reflexivos”. Se los perjudica cuando se impide a los docentes ejercer sus derechos constitucionales.

En momentos en que en Chile millones de ciudadanos cuestionan el sistema educativo, en momentos en que miles de docentes de la Ciudad de Buenos Aires resisten el intento de borrar de un plumazo la columna vertebral de un sistema democrático de designaciones en los cargos, repetimos, plenamente convencidos, que la escuela pública de la Ciudad de Buenos Aires es mejor que la privada y será mucho mejor cuando logremos derrotar las políticas macristas tendientes a su destrucción.

Por supuesto que hay mucho para mejorar. Los docentes de las escuelas públicas, a partir de la reflexión colectiva sobre nuestras prácticas y luchando por una profunda horizontalización del sistema, lograremos avanzar hacia una educación popular, democrática, emancipadora e intercultural.

* Profesor de Matemática EEM Nº 5 Distrito Escolar 19 y delegado sindical UTE-Ctera.

** Director Escuela 23 Distrito Escolar 11.





martes, 3 de marzo de 2009

UNA CANCION




Las canciones para mí son la relevancia de la palabra, la poesía. La música, que es importante desde luego, es el sostén el vehículo de la palabra para mí. No significa que tenga que ser así obligatoriamente con todas las canciones, tal vez sea porque yo escribo poesía y por eso para mí el valor de la palabra es muy especial. La música tiene que tener una coherencia armónica y desde el punto de vista del destino de esa canción: para qué se escribe, para qué se canta, para qué se dice. Tiene que tener una relación íntima con la palabra. No es fácil encontrar canciones así. Tal vez esa manera de pensar las canciones que yo tengo tenga que ver con la elección de Don Atahualpa, que tiene en su cancionero esas condiciones.
Entre las muchas de él que yo conozco y algunas de las que yo canto, hay una que tiene que ver con la raíz profunda del hombre con su tierra. Es una bella canción que está inspirada en un bello poema de Julio Cortázar que oportunamente le escribiera estando los dos en el exilio, fuera del país. En realidad no se lo puede llamar una carta, porque no estaba dirigido así, sino que era un papelito en el que había anotado esto. El poema decía: “Al árbol ya cortado no lo plantes en tierra/ porque su copa seca no atraerá a los pájaros/Al río que discurre no le levantes diques/porque en el aire libre cabalgarán las nubes/Al hombre desterrado no le hables de su casa/la verdadera patria es caro, la está pagando/El río, el hombre, el árbol caro, lo están pagando”. En ese momento Don Atahualpa se encontraba en Japón, ya había tenido que irse de acá por falta de trabajo. Y que conste que fue en esa oportunidad, porque anteriormente sí había tenido que irse por persecuciones políticas. Pero en ese momento se fue porque había pasado un año sin trabajar, lo excluían de todos los elencos sin razón alguna, y él ya estaba en los 60 años y estaba necesitado de su trabajo porque vivía de eso. El dolor era doble entonces, porque no se escuchaban sus canciones.
La canción se llama “El árbol que tú olvidaste” y el árbol es precisamente el símbolo del vínculo profundo del hombre con la tierra y el dolor de haberse tenido que arrancar de ahí. Es toda una metáfora del árbol también: porque el árbol queda, no es arrancado, es la tierra, y el vínculo con la tierra también queda, por eso duele tanto. Porque queda. El vínculo sigue, por eso, insisto, duele tanto.
Esta es la canción que yo amo porque para mí no son preferencias exclusivamente estéticas, desde el punto de vista de que suena lindo, de que se trata de una bella canción, bien hecha, con una modulación melódica y armónica muy hermosa. Todo eso es importante, pero para mí el valor está en la relevancia de la palabra, en la poesía. Es una canción que resulta totalmente conmovedora. Hay una anécdota que da cuenta de hasta dónde llegaba ese dolor. Es una canción que Atahualpa grabó pero que no cantó nunca en público. Y una vez yo tuve el atrevimiento, sin darme cuenta, claro, de cantarla en un momento en el que estábamos despidiéndolo. El se iba a Japón, precisamente; estábamos en la casa de Margarita Palacios, me acuerdo. Yo era mucho más joven que ahora, por eso tal vez cometí el error de cantarla. Y él se puso muy mal, muy mal. Bajó la cabeza, sus ojos se le hincharon. Se quedó sin decir nada. Nunca me dijo nada, pero lo vi, todos lo vimos en ese momento.
Por eso ese dolor sigue estando presente en esa canción. Por eso para mí también cantarla, además de sentirla profundamente, es percibir toda esa carga. Y si la canto, aunque también me deje demasiado conmovida, es para que muchos de los que la escuchan –porque no la canta nadie, creo que soy la única– empiecen a comprender, aunque sea por medio de una canción, el vínculo profundo que nos une a esta amada tierra nuestra. La importancia que tiene poder gozarla aún con sus luchas, con sus desniveles, con sus problemas, estar acá, sentir esta tierra, respirarla, palparla, compensa todos esos otros sufrimientos. Poder comprender el dolor de tener que irse obligado; poder comprenderlo antes de que te suceda.




El árbol que tú olvidaste
(Atahualpa Yupanqui)








El árbol que tú olvidaste

siempre se acuerda de ti,

y le pregunta a la noche

si serás o no feliz.



El arroyo me ha contado

que el árbol suele decir:

quien se aleja junta quejas

en vez de quedarse aquí.



Al que se va por el mundo

suele sucederle así.

Que el corazón va con uno

y uno tiene que sufrir,

y el árbol que tú olvidaste

siempre se acuerda de ti.



Arbolito de mi tierra yo te quisiera decir

que lo que a muchos les pasa

también me ha pasado a mí.


No quiero que me lo digan

pero lo tengo que oír:

quien se aleja junta quejas

en vez de quedarse aquí.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-4732-2008-07-23.html