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viernes, 14 de julio de 2017

PIRULO DE TAPA

El 14 de julio de 1977, el general Bussi era gobernador de Tucumán. La policía secuestró en la capital provincial a 25 “ancianos, borrachines y desquiciados”, para abandonarlos en el desierto catamarqueño. En su peregrinar, 24 de ellos salvaron sus vidas gracias a la solidaridad que encontraron a su paso. Uno de ellos, desorientado, murió de hambre.

http://www.pagina12.com.ar/diario/pirulo/30-172251-2011-07-14.html

jueves, 2 de abril de 2015

Beresford


Colonialismo ayer y hoy


Por José Pablo Feinmann


Pocos ignoran ya que el capitalismo nace de manos del asalto colonial. Habría así una globalización (término usado en los últimos años pero vigente desde la expedición colombina) que tiene su expresión fáctica en 1492. La filosofía cartesiana le añade el componente subjetivo a esta empresa de la modernidad capitalista y occidental. Desde un principio es Inglaterra la nación que domina la conquista de los territorios periféricos, marginales o subalternos. Incluso los piratas tienen una relevante importancia. La llamada Rubia Albión sabe utilizarlos con sagacidad. La leyenda de piratas ahorcados por las autoridades inglesas es sólo eso: una leyenda. Sir Francis Drake, Henry Morgan –centralmente– despojaban a los galeones españoles y llevaban el oro a Inglaterra. Ese oro se convertía en la materia prima del capital comercial y luego industrial británico. Así, en el siglo XIX, Inglaterra se proclama “el taller del mundo” y decide extraer materias primas baratas de los territorios periféricos. En muchos de ellos elige no instalarse: los dominará por medio de la economía. Esto sucede con la Argentina. Por jacobinos que fueran Moreno y Castelli habían desentrañado exquisitamente el rumbo de la historia (que, en ese momento, era transparente) en que les convenía incluirse: el de la modernidad occidental capitalista. Al que el llamado “descubrimiento de América”, la subjetividad cartesiana y luego la voluntad de poder nietzscheana le entregan su orden fáctico y filosófico.
Podríamos decir que el Imperio Británico es el creador de la mayoría de los países que se forman en el siglo XIX. En América latina: salir del monopolio español. Mariátegui, nada menos, tenía todo esto muy claro: “Enfocada sobre el plano de la historia mundial, la independencia sudamericana se presenta decidida por las necesidades del desarrollo de la civilización occidental o, mejor dicho, capitalista”. Esto lo ven –desde distintas concepciones del mundo– tanto Heidegger como Marx. Los dos realizan una crítica a la modernidad capitalista. Heidegger se centra en la técnica que arrasará el planeta. Y Marx en la potencia revolucionaria de la burguesía que acabará con el feudalismo y engendrará al proletariado redentor. El amor al campesinado que tramaba la filosofía de Heidegger lo abría más a la búsqueda de un sentido lateral al del imperialismo. Marx veía en el imperialismo un proceso necesario para modernizar los territorios atrasados y prepararlos para la revolución. Desde este punto de vista –por increíble que parezca– Heidegger habría podido dialogar más abiertamente con Felipe Varela que Marx. Claro que cuando le dijera que la salida era la abominación de la técnica y el estado de abierto, el pathos de la escucha a la llamada del ser, Varela habría ordenado su fusilación inmediata. Los dos grandes críticos de la modernidad capitalista no tenían respuestas para los habitantes de las colonias: debían desaparecer. Marx, para que surgieran las modernas relaciones capitalistas de producción y se superaran las Formen que había analizado en los Gründrise (formaciones económicas precapitalistas).
Para Europa que, en 1833, Inglaterra (¡nada menos que Inglaterra, la gran potencia colonialista!) se apoderara de las islas Malvinas era un símbolo del progreso. Además, en esa fecha, Rosas no estaba en el gobierno, sino Balcarce, tibio lomo negro que poco podría hacer y nada hizo. Rosas recién asumiría su segundo gobierno en 1835, luego de la Revolución de los Restauradores que condujo su mujer Encarnación Ezcurra, que habría de morir joven. De todos modos, nada hizo. Su gesta anticolonialista deberá esperar hasta la batalla de la Vuelta de Obligado que Marx habría condenado (de haberse enterado de ella) porque era un freno a la expansión de la modernidad capitalista, en cuyo vientre se gestaba, para destruirla, el proletariado industrial, algo que jamás ocurrió. La burguesía de la modernidad capitalista siguió en el poder, triunfó sobre los intentos socialistas del siglo XX y se apresta a su máxima expresión histórica: destrozar el planeta o por un conflicto nuclear o por una descomposición de las leyes de la naturaleza, provocada por la voracidad de eso que Adorno y Horkheimer –siguiendo a Heidegger– llamarán “razón instrumental”.
Pero la perfecta lucidez sobre la importancia y el funcionamiento de la empresa colonial estuvo en manos de Inglaterra. Adam Smith califica al descubrimiento de América como uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la humanidad. Esta cita es de 1776 (La riqueza de las naciones) y ha reaparecido en un cercano libro de Noam Chomsky que acaso la actualice para muchos. O logre que algunos norteamericanos la conozcan. Nosotros la usamos desde 1969 y está en nuestro libro Filosofía y nación. El título del libro de Chomsky es cristalino; demasiado debiera decirse: La conquista continúa: 500 años de genocidio imperialista. Junto a la de Smith olvida colocar las frases del Manifiesto: “Del mismo modo que ha subordinado el campo a la ciudad (la burguesía) ha subordinado los países bárbaros o semibárbaros a los países civilizados, los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente”. Sin embargo, para Smith, todo terminaba felizmente ahí. No para Marx: de ahí surgiría el proletariado revolucionario que acabaría con el orden mundial burgués, tan brutal como necesario. Los dos –del modo que fuere– apoyaban el colonialismo occidental. Smith aconsejaba no permanecer en las colonias. Deberían ser gobernadas por medio del mercantilismo. Con los negocios les iría mejor que con las armas, que ya habían hecho lo suyo. Si las colonias querían ser “libres”, que lo fueran. Si querían tener bandera, que la tuvieran. Un pequeño ejército, también. Soberanía, orgullo nacional, por qué no. Pero que comerciarán solamente con ellos. Nacen así las semicolonias o los pactos neocoloniales. No el poscolonialismo. Las condiciones coloniales permanecen pero de otro modo. Digámoslo así: el pacto neocolonial es la etapa superior del colonialismo.
Richard Cobden (en febrero de 1850, en el Journal of Economists) dirá: “El sistema colonial siempre ha sido funesto para el pueblo inglés (...) ¡Lo que yo condeno es el sistema! (...) Debemos reconocer el derecho de nuestras colonias a gobernarse por sí mismas (...) Nosotros hemos adoptado el principio de la libertad de comercio; y, al actuar así, hemos declarado que tendremos a todo el mundo por consumidor (...) Finalizo suplicándoles que pidan para nuestras colonias los beneficios de la emancipación política y que, desde ahora, nos neguemos a subvencionar sus gastos de gobierno. ¡Que nombren a sus gobernadores, sus inspectores, sus aduaneros, sus obispos y sus diáconos, y que paguen hasta las rentas de sus cementerios”. Pero que comercien con nosotros. Nuestro imperialismo económico se desarrollará mejor, más libremente y con menos gastos e incertidumbres. Lo mismo William Gladstone en 1870: separarse amistosamente de las colonias pero conservando el lazo esencial de dominación: “Esta separación nos ofrece la posibilidad de una prolongación indefinida de las relaciones basadas en el libreconsentimiento” (26 de abril de 1870).
Hay algo formidable en todo esto: la certeza del colonialismo británico sobre las clases dominantes en las colonias. Jamás serían una competencia para sus productos industriales. Jamás serían realmente burgueses. Se dedicarían a civilizar sus países por medio del exterminio de la barbarie subalterna y a gozar del fácil y próspero comercio con el Imperio. De la “abundancia fácil” de su suelo (frase de Milcíades Peña) vivirían bajo el imperativo del goce. Eternos importadores de manufacturas del “Taller del Mundo” y exportadores de sus productos primarios. Así fue. Así fueron las burguesías neocoloniales, creadas por el Imperio.
En cuanto al exterminio de la “barbarie” fueron aún más crueles que el general Thomas Bugeaud en Argelia. O, al menos, tanto como él. Que decía a sus pares franceses (la nación de las luces, de la razón) en la Chambre de Députés en enero de 1840: “Según yo pienso, sólo queda la dominación absoluta, la sumisión del país; creo que cada día serán más empujados a ello por los acontecimientos”. Aquí se exterminó a la “barbarie” por medio de un feroz proceso de colonialismo interno. (El primero en aplicar este concepto a la realidad de nuestro país fue el genial Alberdi de los Póstumos V.) La “organización nacional” fue continuada (con plena conciencia) por el Proceso de Reorganización Nacional de 1976. David Viñas llama al genocidio de los pueblos originarios en el sur del país “etapa superior de la conquista española”. ¿Quién estuvo al frente de esa campaña? Lo sabemos: el general Roca. Pero, ¿quién dio las armas? ¿Quién posibilitó la frase de Estanislao S. Zeballos que a continuación citamos? Esta: “El Remington les ha enseñado (a los ‘salvajes’) que un batallón de la República puede pasear la pampa entera, dejando el campo sembrado de cadáveres” (Viñas, Indios, ejército y frontera, p. 49). La posibilitó el Imperio. ¿O en el Buenos Aires de la “generación del ’80” alguien fabricaba fusiles Remington? ¿Por qué entonces esa persistencia de Inglaterra por permanecer en Malvinas? Porque hoy colonialismo e imperialismo se complementan. Los norteamericanos invaden los territorios árabes y se quedan ahí. Los ingleses no quieren dominar Malvinas por medio del librecambio. No, algo hay en esas islas que les interesa retener en sus manos. Petróleo o un privilegiado panóptico para vigilar el Atlántico Sur o, por qué no, algún ajado orgullo de viejo gran imperio que ya no lo es. La batalla diplomática, por consiguiente, será larga y dura. Pero es la única, ya que por el modo en que se desarrollan los acontecimientos, los peligrosos “bárbaros” son ellos. Y ellos lo han enseñado desde hace más de dos siglos: la “barbarie” es irracional, salvaje y, en suma, sanguinaria. Aunque la preceda un pequeño príncipe de una monarquía de opereta, como todas las que aún restan en pleno siglo XXI.

domingo, 3 de marzo de 2013

PIRULO DE TAPA











“Me quedé impresionado por cómo la prensa le pegaba a Lincoln en 1860, de la misma forma que me pegan a mí; el pobre de Lincoln no tenía computadora, iba al télex a esperar la noticia. Esta gente nunca quiso que Dilma y yo ganáramos elecciones, que fuéramos progresistas; les da bronca nuestro éxito.”
(Del ex presidente brasileño Luiz Lula da Silva en un acto de la Central Unica de Trabajadores, al comentar que está leyendo una biografía del prócer estadounidense, en coincidencia con la película de Spielberg, que muestra la misma faceta de la política norteamericana de aquel momento.)



viernes, 28 de septiembre de 2012


¿El medio pelo en la calle?


Por Horacio González *


Hay un mercado de imágenes y una ideología que pertenece al mercado de imágenes. Podemos darles nombre: inseguridad urbana, inflación económica y corrupción política. ¿Es que no existen estas cuestiones? Por supuesto que existen. Tienen su grado empírico y efectivo de existencia en todos los grandes tráficos entre economía pública, vida urbana, instituciones públicas y privadas. Son características de toda vida metropolitana no sólo moderna –de las megalópolis contemporáneas–, sino de las que ya retrataban los grandes tratadistas políticos del siglo XVI, la Florencia de Maquiavelo, por ejemplo. ¿Cuál es la diferencia entre la existencia real de estas dimensiones oscuras de la vida social –siempre hay ilegalidades diversas, las ilegalidades son un percutor de la reproducción del capitalismo– y lo que aquí llamamos el mercado de las imágenes? La diferencia es que todos esos temas reales que las democracias progresistas deben resolver con políticas renovadas, cuando ingresan al mercado de las imágenes se convierten en cuestiones autobiográficas, en efigies e iconografías de un sistema de ideas. La conocida propensión de los grandes medios del todo el mundo es haber logrado, gracias a tecnologías expositivas que antes fueron patrimonio de las vanguardias, que un caso o varios casos, incluso numerosos casos de cada uno de estos nuevos flagelos aparezcan como arquetipos de una genérica institución política, considerada como un nuevo Leviatán. Siempre se pensó que un puñado de casos eran un tema estadístico. En el mercado de imágenes, todo ello tiene rango ideológico y furtivo. Serían ciertos Estados que por cualquier razón, especialmente si hay políticas de cuño popularista o de énfasis social de por medio, los contemplados por una razón potencial que los cuestiona señalando elementos que afectan al existir profundo, todo lo que responde al orden de la securitas, la inflatio y la corruptio. Sí, dicho en latín, porque estas nociones ya están en los autores más antiguos. Sólo que ahora, presentadas como tejidos mentales, urdimbres subyacentes del alma colectiva e interpelaciones a la condición ciudadana, han rehecho en todo el mundo la noción misma de clase media con disponibilidad para las grandes maniobras morales. Es correcto el nombre si se las quiere ver como un mundo difuso, cuya armazón interna son esos arquetipos que a menudo son invisibles, pero que apuntan a la definición existencial del hombre medio, no el homo cualunque ni el medio pelo, sino el que se define por sus condiciones exteriores de vida segura, mundo social límpido y carencia de reflexión sobre las biografías profesionales. La clase media es la más creyente en su autodeterminación –suele salir a las calles con la bandera de la libertad– y es también la más teledirigida en sus prácticas políticas. Consigue la hazaña de llamar libertad a una tautología que se mueve como giróscopo interno de sus propios temores. Así, la libertad puede ser sinónimo de su misma pérdida. ¿Hay que condenarla por eso? Sí, porque en nombre de la libertad del mercado de las imágenes, frustran la comprensión de la libertad que laboriosamente descubren las sociedades en la construcción real de sus derechos. Tal distorsión de la idea de libertad puede ser condenada en el tribunal severo de las filosofías de la emancipación. No obstante, como también se emplea la palabra, aunque sea de modo literal, la cuestión de la libertad nos reclama atención y más aguzados análisis de movilizaciones como la ocurrida el jueves pasado en las grandes capitales del país. No es necesario pasar nuevamente por la trilla de tópicos no desdeñables, pero que son los más visibles, vituperables y aprehensibles de lo que ya se ha dicho una y otra vez. No trivialicemos la cuestión, aunque sea necesario decir que hay en esos sectores movilizados resurrectos catafalcos de ultraderecha, póstumos gozadores de los bombardeos del ’55, señoras que acaban de salir del shopping con la bolsita de compras que se suman sin ningún distanciamiento gramatical al carrusel rimbombante de los juglares caceroleantes, el personal estable de la 125, el hombre o mujer popular que hizo entrar desdichadamente en su ácido anecdotario conversacional las palabras “populismo”, “negros de porquería” o “cepo cambiario”. No obstante, no parece adecuado desdeñar lo ocurrido ni a través de cómputos ceñidos de manifestantes ni por medio de comparaciones con capítulos ancestrales o más recientes de la vida nacional. Lo que ocurrió, ocurrió de sorpresa aunque con un clima preexistente –perfectamente intuible– y en perfecta retroalimentación circular con la malla intensa de enunciados que sale de la conocida aparatología comunicacional. Todo ello merece una reflexión profunda que es el cuño último de la vida política, pues en ella, nada en verdad redunda, sino que todos son hechos nuevos. Cierto que éstos tienen molduras, playas naturales de estacionamiento, sumas y picos estadísticos que el buen analista recopila. Pero no es posible dejar de comprender, y hay que hacerlo sin lamentar, sin lanzar invectivas y sobre todo sin creer que el mundo ya está interpretado. Jauretche escribió el Mediopelo preocupado por el hecho de este gran sector de la población no se animara a recorrer caminos comunes con los sectores que asumen con mayor decisión un ánimo popularista, le falte o no mayor precisión en sus proclamas y mensuras. No escribió ese mentado libro Jauretche para condenar a un gran manchón social y simbólico, sino para estudiar –como lo hicieron y lo hacen sociólogos académicos de todo tipo de orientación– a un sector ambiguo –que hace de esta noción su fuerza– tanto en sus formas de circulación económica como de consagración de prestigios, consumos culturales, formas de certificación honorífica y simbologías que sitúan el ser en el mundo. Los libros de Jauretche son contemporáneos de las obras de Vance Packard sobre la publicidad y el prestigio como orden clasificatorio de las personas, también relacionados, con obvias diferencias que no vienen al caso ahora, con la obra de Pierre Bourdieu sobre el modo en que se reproducen los símbolos distintivos en el poder de las aristocracias y mesocracias. ¿No convendría revisar ahora estas nociones antes de echar mano a lo que ya sabemos para cuestionar a estos sectores que –para decirlo rápido– presentan una gran cantidad de prejuicios sociales e incluso étnicos, como formas de conocimiento? Siento que no hemos hecho lo necesario para abordar más resueltamente (esto es: más imaginativamente) esta crucial cuestión cultural, que posee manifestaciones nuevas y largas tradiciones que la cimentaron. No son necesarias las pedagogías quejosas, las reeducaciones soberbias ni mucho menos el abandono de la cuestión por ser un arduo acertijo político. Lo político consiste en anotar todo signo novedoso de la vida en común en un cuadernito invisible, que al fin de cuentas es la conciencia social de los representantes del pueblo. Esto que ocurrió, ocurrió. Y no se puede desdeñar su gravosa repercusión. Y ocurrió también en los planos soterrados de toda la conciencia social del país. Es un fenómeno riesgoso, con potencial desestabilizador; así se lo quiere y así se quieren. Saber de que todo esto ocurre en el Hotel del Abismo impone menos señalar a los que medran con el espectáculo –sábese quienes invisten o se invisten en ese rol– que buscar en el trasiego y legado democrático del país nuevas razones que hagan de lo ocurrido un síntoma también de reflexión para los que pisaron el pavimento –de Santa Fe y Callao, sea–, para posibilitarnos decir lo que quizá no se quiera oír, para que acaso la historia pase de creer que algunos hacen lo que deben a que se tome conciencia de que en general no saben lo que hacen. Frase dura del decir político y definición última de la conciencia. Si la decimos, es porque es necesario que crezca en nosotros una crítica más sabia sobre lo que los otros hacen. Y al poder decir que hacemos política porque siempre es bueno transitar el camino que nos permita saber que los que criticamos a “los que lo hacen pero no lo saben”, estamos pugnando para mostrar también un saber que valga la pena ser sabido.

 * Director de la Biblioteca Nacional. Miembro de Carta Abierta.

sábado, 24 de marzo de 2012

La Sangre Derramada



La Sangre Derramada, Ensayo sobre la Violencia Politica. José Pablo Feinman





Reflexiones sobre la tortura


En algún momento del año 1965 -seis o siete meses antes del golpe de Juan Carlos Onganía, que fue, todos lo sabemos, más blando que el de Videla pero que lo prefiguró en ciertas acciones salvajes como el asalto a las universidades- dialogábamos con un par de compañeros de la Facultad de Filosofía acerca de la posibilidad de un golpe de Estado. Uno de ellos dijo que sí, que tal vez hubiera un golpe y que de ese golpe surgiría una dictadura. Pero -añadió- jamás tendría la dureza, el grado de salvajismo de las otras distaduras latinoamericanas. "No sabemos nada de la verdadera fiereza del imperialismo", dijo, utilizandoesa palabra de la época, imperialismo. Secretamente, pensábamos que nunca habríamos de saberlo. Porque la Argentina no era latinoamérica, sino un país europeísta y culto.Un país en el que los estragos del imperialismo no podrían jamás adoptar el salvajismo de las dictaduras de Batista o Trujillo. Eso pasaba lejos, en el Caribe, donde el calor y la incultura arrojaban a los hombres a un salvajismo sin límites. Recuerdo (y tal vez recuerdo precisamente esto por mi pasión por el cine) que mi compañero ilustró su tesis con una anécdota macabra: Trujillo, dijo, invitaba a su yate a las bellas actrices Kim Novak y Zsa Zsa Gabor, se adentraba en las aguas del Caribe y allí, en la soledad del mar, bajo ese solcaliente y dulce, entregado a la elegancia de los cocktails, y para diversión de las bellas actrices y de algunos otros -muy pocos- pasajeros, ordenaba a sus sicarios arrojar presospolíticos a los tiburones. Y nosotros, en 1965, pensábamos: ese salvajismo, ese absoluto desdén por la vida es imposible en la Argentina. Pero no: lo imposible no es argentino.Esta experiencia (la de saber que en el país en que uno vive existen monstruos capaces de llevar la crueldad a su extremo absoluto) le pasó a Sartre con la guerra de Argelia. La cuenta así: "En 1943, en la calle Lauriston, unos franceses lanzaban gritos de angustia y dolor: toda Francia los oía. El resultado de la guerra no era seguro, y no queríamospensar en el porvenir; pero había una cosa que nos parecía imposible: que un día se pudiera hacer gemir a los hombres en nombre nuestro. Lo imposible no es francés: en 1958, en Argel, se tortura, regular y sistemáticamente; todo el mundo lo sabe (...), pero nadie habla de ello". Por decirlo claramente: en relación a la tortura, lo imposible no es francés,lo imposible no es argentino, lo imposible no es israelí.Haay una vergÜenza de la que no se vuelve: la tortura. Cuando yo pensaba en los horrores de Trujillo, allá por los sesenta, me decía: "eso no va a ocurrir en mi país". Y decía "mi país"de un modo en que jamás volví a decirlo. Luego de Videla, ya no digo "mi país" con la inocencia con que solía. Sartre se sentía orgulloso de Francia (y de ser francés) durante la ocupación.Seguramente diría: "Mi país sufre, mi país es torturado". Pero ¿cómo decir "mi país cuando uno se avergÜenza de lo que hace "su" país? Lo mismo con los judíos.¿Cuántos de ellos, en medio de pavores del Holocausto, se habrán dicho alguna vez: nunca se hará gemir a los hombres en nombre nuestro? ¿Y qué sentirán ante Benjamin Netanyahuy sus "halcones"? ¿Qué sentirán ante la petición de legalizar la tortura en el texto fundante de la democracia?El texto que cité de Sartre apareció el 6 de marzo de 1958 en L´Express. Se utilizó como prólogo a un pequeño libro que publicó el periodista francés Henri Alleg bajo un título simpley elocuente: La tortura. Alleg había sido, entre 1950 y 1955, director del periódico Alger Républicain. Lo arrestaron los paras, es decir, los paracaidistas franceses, el grupo más cruel del ejército colonizador. (Prestemos atención: nuestros militares procesistas se inspiraron largamente en los paras de Argelia y desarrollaron con siniestra eficacia muchos de sus métodos de represión y tortura.) Alleg escribe: "En esta inmensa prisión superpoblada, cada una de las celdas alberga un sufrimiento, hablar de uno mismo es casi una indecencia. En la planta baja se halla la divisiónde los condenados a muerte (...) ¿Las torturas? Hace mucho tiempo que esa palabra se nos ha hecho familiar a todos. Aquí son pocos los que se han salvado de ella (...) Noches enteras,durante un mes, he oído aullar a hombres que eran torturados y sus gritos retumbaran para siempre en mi memoria". Y más adelante: "Todo eso lo sé, lo he visto, lo he oído. Pero,¿quién dirá lo demás? Al leer mi relato hay que pensar en los "desaparecidos". De este modo, Alleg confiesa la insuficiencia de su relato. Él sabe, él vió, él oyó. Y todo eso está en su libro.Pero hay más. Están los "desaparecidos". Por eso escribe: "¿Quién dirá lo demás?". ¿Quién dirá lo que sólo las víctimas podrían decir? ¿Quién dirá lo que las víctimas no dirán porqueno están, porque desaparecieron? El relato de Alleg es el relato de la ESMA. Sartre ya no podía ser francés del modo en que lo era antes de la existencia de los paras. Uno ya no puede ser argentino del modo en que lo era antes de la ESMA.La tortura -para su justificación- siempre se remite a la dialéctica entre medios y fines. Gillo Pontecorvo (en su film La batalla de Argelia, 1966, coproducción italiano-argelina) propone una escena reveladora sobre la cuestión: el general francés Mathieu- en el film eligieron llamar asi al despiadado general Massu -se reúne con periodistas franceses. Los periodistas le preguntan si es cierto que las tropas francesas torturan. Muysereno, Mathieu responde: "Señores, el tema no es la tortura. El tema es si queremos que Francia se quede o no en Argelia. Si ustedes quieren que Francia se quede, no me preguntenpor los medios que empleo para lograrlo". Ninguno de los periodistas se atreve a responder. Mathieu logró lo que buscaba: justificar los medios a través del fin. Videla podría haber dicho: "Señores, el tema no es la tortura. El tema es si queremos o no que la subversión sea derrotada. Si ustedes quieren que lo sea, no me pregunten por los medios que empleo para lograrlo". Netanyahu y sus "halcones"podrían decir: "Señores, el tema no es la tortura. El tema es si queremos mantener los territorios ocupados y frenar al terrorismo. Si lo desean, no se irriten por los medios que solicitamos para lograrlo".Ante todo, es falso que el tema no es la tortura. El tema es la tortura. El tema es el medio utilizado. El tema -el absoluto y definitivo tema: la verdad- que es la tortura no puede ser el medio válido para lograr nada.Porque todo lo que se consiga a su través nace con el estigma de la denigración de la condición humana. Porque como, con dura y sufriente lucidez, le dijera Rodolfo Walsh a laJunta Militar: "Mediante sucesivas concesiones al supuesto de que el fin de exterminar la guerrilla justifica todos los medios que usan han llegado ustedes a la tortura absoluta, intemporal, metafísica en la medida en que el fin original de obtener información se extravía en las mentes perturbadas que la administran para ceder al impulso de machacarla sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo, que ustedes mismos han perdido".Porque, en la tortura, simultáneamente, pierden su dignidad de seres humanos tanto las víctimas como los verdugos. La víctimas, porque -como dice Walsh- su sustancia humana es machacada hasta quebrarse. Y los verdugos, porque su fiereza y su sadismo los conducen a una inhumanidad sin retorno.Solemos decir -desde la vereda del humanismo- que la tortura es un fenómeno que conduce a la inhumanidad tanto a la víctima como al verdugo. Walsh, al plantear la relación torturador- torturado,concluye que ambos se hunden en la abyección, en la inhumanidad, ya que la tortura "se extravía en las mentes perturbadas que la administran", llega a la "tortura absoluta,intemporal, metafísica" y cede al impulso de "machacar la sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo". Hay una paralela pérdida de la dignidad:la víctima la pierde porque habla, poruqe cede, porque delata y, al hacerlo, traiciona. Y el torturador la pierde porque -torturando- asume la figura del artesano del dolor instrumental,de la vejación. Este encuadre, sin embargo, pese a parecer terrible y explicitar una realidad dolorosa, tal vez insoportable, es optimista. Lo es porque plantea que el verdugo -al torturar- se hunde en la inhumanidad. Lo es porque, en el fondo, nos está diciendo que la tortura no es humana. Que el hombre es humano cuando no tortura y es inhumano cuandotortura. La afirmación "torturar no es humano" esconde otra: la tortura no pertenece a la condición humana. O a la dignidad humana. Que es lo mismo, ya que nos hemos acostumbradoa entender que cuando decimos que cuando decimos "humano" estamos diciendo "digno". Y cuando decimos "inhumano", "indigno". Pero toda reflexión implacable sobre la tortura nos conduce a asumirlacomo un fenómeno esencialmente humano. El torturador goza con el sufrimiento de su víctima, y este hecho -que un hombre pueda gozar martirizando a otro- lejos de ser inhumano es profundamente humano. Cuando el torturador ejerce su infame oficio no está hundido en la inhumanidad, sino que está exhibiendo una de las facetas de la condición del hombre: la de gozar con dolor de los otros. Es injusto decir que los torturadores no son hombres sino bestias. Es injusto con las bestias: los animasles no torturan.Esta visión pesimista de la condición humana está presente en los textos de la Guía bilingüe de la exposición de instrumentos de tortura desde la Edad Media a la Época Industrial.Es una exposición itinerante, es decir, se presenta en varias ciudades del mundo. Algunos de los instrumentos que se exhiben son: la "doncella de hierro", el hacha, la guillotina,larueda para despedazar, las jaulas colgantes, la "cuna de Judas", los látigos para desollar, los aplastacabezas y los rompecráneos, el cepo, el potro, el aplastapulgares, el péndulo,el hacha para amputar las manos, el quebrantarrodillas, las pinzas ardientes, la pera oral, rectal y vaginal y las máscaras infamantes. Faltas, sí, la picana eléctrica: es enteramenteargentina. Es nuestro aporte a esta zona oscura -nunca asumida sin dolor- de la condición humana. Se la debemos al hijo del poeta de la espada. Lugones, en Lima, anunciabael surgimiento de la hora de la espada. Y su hijo, en Buenos Aires, desenvainaba la picana. Es optimista pensar que la picana del hijo es la degradación de la espada que reclamabael padre. Por el contrario, es su traducción más perfecta, su conclusión impecable.El autor de los textos de la Guía de la exposición de los instrumentos de tortura se llama Robert Held y ha vivido en New York, Inglaterra y Alemania. Es un hombre cercano a Amnistía Internacional y cercano, también, a estas terribles temáticas. Esta cercanía ha determinado en él una visión no precisamente optimista de la condición humana. Escribe:"La expresión romana homo homini lupus, el hombre es un lobo para con los hombres, es una vil calumnia contra los lobos".Sería condenarnos a un aséptico ejercicio de reflexión no describir uno -al menos uni- de los instrumentos de tortura que detalla la guía. Elijo -por motivos que no escaparán al lector- el aplastacabezas. Held lo describe así: "Los aplastacabezas (...) gozan de la estima de las autoridades de buena parte del mundo actual. La barbilla de la víctima se coloca en la barrainferior y el casquete es empujado hacia abajo por el tornillo (...) Primero se destrozan los alvéolos dentarios, después las mandíbulas, hasta que el cerebro se escurre por la cavidad de los ojos y entre los fragmentos del cráneo. (...) Los aplastacabezas todavía se usan para interrogatorios. El casquete y la barra inferior actuales están recubiertos de material blandoque no deja marcas sobre la víctima" La tortura ha existido y existe por innumerables razones, pero su razón fundante, la que posibilita todas las demás (ya sea quebrar al militante,obtener información o castigar con extrema venganza y rencor) es que el torturador, por su condición de ser humano, goza torturando. "En conclusión (escribe Held): la tortura florecehoy en la mayor parte del mundo, perfeccionada por la electrónica, por la farmacología y por la psiconeurología (...) Naturalmente tú, lector, lo desapruebas, como todos, o casi todos".Y a continuación Held escribe el más pesimista de sus textos: "Pero es probable que nada cambie en tiempos próximos porque a ti, lector, una vez realizados los gestos que se danpor descontados, en el fondo te importa un bledo. Como a todos, o casi todos. Amnistía Internacional pone a tu disposición documentaciones completas e inimpugnables, y te pideun poco de apoyo; pero probablemente no sepas nada y no quieras saber, porque así la vida será más cómoda". Sería deseable que no tuviera razón. O, al menos, que no tuviera tanta.A fuerza de repetir algunos conceptos hemos aprendido a quitarles su verdadera densidad, el horror que subyace en ellos. Esto nos facilita la vida. Al cabo, ya es todo bastante difícilcomo para que debamos además enfrentar el verdadero sentido de algunas expresiones que nos hemos acostumbrado a oír sin buscar su comprensión, mecánicamente, como unpaisaje cotidiano e indoloro. Por ejemplo: el concepto de ley de Obediencia Debida hace ya mucho que circula entre nosotros. Uno -ahora- lo escucha mecánicamente. (Cuando escribouno me refiero al ciudadano medio de este país, que lee el diario, trabaja y vela por su familia). Tan mecánicamente que escucha Obediencia Debida y completa Punto Final, ya que esasí como se arma esa frase: ley de Punto Final y Obediencia Debida. Pero obediencia debida es un eufemismo. Esa ley debería llamarse ley de Protección al Torturador. Porque-esencialmente- dice que los torturadores son inocentes (o, si se prefiere, no culpables o no responsables) de los actos que cometieron. ¿Qué actos fueron ésos? Torturar, eso fueron.Pero la ley de Obediencia Debida se dicta para socorrer a los torturadores: cumplían órdenes, "debían obediencia" a sus superiores y esto los torna inimputables. Ahora bien, ¿por quése le llama ley de Obediencia Debida y no -como se debería llamar- Ley de Protección al Torturador?. Porque en el segundo caso aparece la palabra "torturador". Y la palabra "torturador"remite a la palabra "tortura". Y los gobiernos quieren evitar que los ciudadanos tengan presente que esos señores son torturadores. Y que la ley que los protege...protege a la tortura.En suma: que la ley de Obediencia Debida también podría -y debería- llamarse ley de Protección a la Tortura.Se recurre, entonces, el eufemismo. Con el eufemismo se busca proteger la conciencia moral de los buenos argentinos. No será ocioso preguntarnos qué es un eufemismo. Pero no: hagamosalgo más eficaz. Busquemos el significado de la palabra eufemismo a través de sus sinónimos. Con frecuencia, los sinónimos de una palabra la develan mejor que una definición,por ajustada que sea. Los principales sinónimos de eufemismo son: velo, ambigüedad, tapujo, embozo, disfraz. Es decir, el eufemismo es un velo. Es algo que se coloca sobre una realidadque se desea atenuar. Una realidad que no tolera ser mirada a los ojos, directamente, sin, claro, veladuras. Y hay otro sinónimo de eufemismo, aún más revelador: paliativo. Si buscamoslos sinónimos de paliativo encontramos: suavizante, mitigante, sedante,atenuante,analgésico. De este modo, podríamos decir que el eufemismo es, no el opio, pero sí el analgésicode los pueblos.Sartre -en mayo de 1957- publica otra de sus notas sobre la represión colonialista de Francia en Argel. Sartre sabe que, en Argel, Francia tortura. Y escribe para alertar a sus conciudadanosacerca de esta aberrante realidad. Supone, en cierto momento, que todo mejoraría si los gritos de los torturadores pudieran oírse: "Sin embargo, no hemos caído tan abjo que podamosoír sin horror los gritos de un niño torturado. Con qué sencillez, con qué rapidez se arreglaría todo, si una vez, una vez sola, llegasen esos gritos a nuestros oídos, pero se nos hace el servicio de ahogarlos. Lo que nos desmoraliza (...) es la falsa ignorancia en que se nos hace vivir y que contribuimos a mantener. Para asegurar nuestro reposo, la solicitud de nuestrosdirigentes llega hasta minar sordamente la libertad de expresión: se oculta la verdad o bien se la tamiza". Pero resulta muy difícil -a partir de cierto nivel de inevitable información- ocultarla verdad, y hasta tamizarla. Sartre -tomando la palabra del ciudadano francés que no quiere ser importunado con los horrores de Argelia- exclama: "¡Si al menos pudiéramos dormir,e ignorar todo! ¡Si estuviéramos separados de Argelia por un muro de silencio! ¡Si nos engañasen realmente!". Si fuera así, deduce Sartre, el extranjero -es decir, quien mira a los franceses aguardando un gesto- "podría poner en duda nuestra inteligencia, pero no nuestro candor". Es decir, podría pensar: "Los franceses no son inteligentes. Son cándidos, ya que con tanta facilidad se los engaña". Y Sartre -es un texto impiadoso- concluye: "No somos cándidos, somos sucios".Graciela Daleo (en Cazadores de Utopías, film de David Blaustein discutible e insuficiente en algunos aspectos, pero necesario y conmovedor en otros) narra un momento muy particularde su pasaje por la tortura. Su torturador es Pernía (a quien Daleo, luego, en democracia, se acostumbró a ver en los diarios, libre y protegido por la obediencia debida). El "obediente"Pernía la tortura con esa mezcla de sabiduría de la infamia -hay que saber torturar, no sólo poder- y descontrol fanático. Graciela tiene colocada una capucha y, de pronto, ante una desmedidadescarga eléctrica, brinca y cae su capucha. Entonces lo ve a Pernía. "Estaba fuera de sí, los ojos desorbitados, la camisa empapada y tenía una medalla de la virgen milagrosa y uncrucifijo". Daleo, como un modo extremo de conjurar tanta humillación y dolor, empieza a rezar "a los gritos, un Ave María tras otro". Pernía se desespera y le grita: "Hija de puta, no recés".¿Por qué le habrá gritado? ¿Le resultaría intolerable saber que estaba torturando a alguien que también, como él, creía en la Virgen?A esta clase de seres (que pueden convivir con los buenos vecinos, ir a misa y seguir luciendo el crucifijo y la medalla de la Virgen) protege la ley de Obediencia Debida. Es la ley que protege, ampara (y justifica, ya que nada se justifica más que la obediencia cuando la obediencia debida se transforma en deber) a la tortura. Ni más ni menos. Los caminos de la política suelen ser laberínticos y un escritor no puede decir cuándo debe derogarse una ley. Sólo puede decir que esa ley debe ser derogada. Porque no somos cándidos. Porque ya no podemos ampararnos en la candidez. Porque todos sabemos que una ley que protege a los torturadores, protege a la tortura. Y si no somos cándidos, y no hacemos nada por modificar lo evidente, la realidad dura y cruel de la que ningún eufemismo nos protegerá, sólo nos resta, entonces, ser sucios.

jueves, 27 de octubre de 2011

K




Por Alejandro Dolina

El peronismo ha sido muchas veces actor principal de acuerdos y concertaciones políticas. Hay, por otra parte, un arsenal de pensamientos burgueses que garantizan la conveniencia de buscar coincidencias.

Algunos llegan a decir que en realidad, todos deseamos lo mismo y que discrepamos acerca de las metodologías.

Se ha llegado a sostener que las ideologías habían muerto y que bastaba con elegir buenos administradores para que gobernaran.

Todo esto viene acompañado con un continuo elogio de las buenas maneras en las discusiones políticas y aún en los conflictos sociales.

A cada momento se nos propone a nuestra admiración la conducta de príncipes sonrientes o de antagonistas que se dispensan elogios mutuos durante las negociaciones.

Estas escasas palabras servirán primero para saludar todas estas ideas que acabo de exponer.

¿Quién soy yo para no ovacionarlas de pie? Pero también, y como humilde despacho en disidencia, propongo un tímido elogio del desacuerdo, de la bifurcación, de la heterodoxia, de la herejía.

Después de todo, las revoluciones surgen sólo de desacuerdos: el hombre es un mono disidente.

Me permito entonces, subrayar la acción política de Néstor Kirchner como venturoso gestor de desacuerdos. El se atrevió a recorrer caminos que nadie se atrevía a transitar y que parecían alejarse de las concurridas avenidas centrales que recomendaban los poderosos del mundo global. Y se metió por unas calles ya olvidadas cuyos nombres sólo se pronunciaban en los foros estudiantiles, en las reuniones de soñadores y en rincones que siempre estaban alejados del poder político.

Esas calles de desacuerdo ahora pueden reconocerse: una conduce al crecimiento del mercado interno... Otra al control del comercio exterior... Está bien el boulevard de la intervención del Estado o la esquina de la ley de medios, la plaza de la asignación por hijo y los veredones del desendeudamiento. Algunas de estas calles habían sido recorridas por otro señor en 1946.

Cuando alguien del poder político se atreve a caminar estos senderos termina por llegar a un distrito donde el poder político no está en el mismo lugar que el poder económico. Y la bifurcación se produce y son inevitables los ataques de las corporaciones y de los poderosos que tratarán de conseguir el regreso de los gobernantes tránsfugas hacia las avenidas iluminadas de sus intereses.

Hace muchos años hubo por televisión un debate entre el doctor Teodoro Bronzini, líder socialista e intendente de Mar del Plata, y el doctor Becar Varela que militaba en el partido que entonces tenía al menos el coraje de admitirse como conservador.

Fue una conversación muy amable y el moderador se sorprendió al fin del programa de que hubieran coincidido en tantas cosas. En realidad, no era sorprendente, ambos políticos formaban parte de una visión liberal del mundo y eran funcionales a los intereses de las corporaciones. ¿Cómo no van a ser amables si en el fondo pensaban lo mismo? Néstor Kirchner no les parecía amable a las corporaciones. En verdad, ningún otro presidente salvo aquel otro señor de 1946, les pareció tan desagradable. Y lo atacaron como a nadie ¿Por qué? No porque Kirchner tuviese mal carácter y fuera confrontativo como quien es cascarrabias.

No se trataba de una cuestión de carácter: este tipo había tocado sus intereses. Y fue el único que lo hizo. Todos los demás parecían aceptables en algún momento porque también en algún momento eran funcionales a los intereses del poder económico.

Y eso es todo lo que quería decir, a veces no hay más remedio que disentir, que persistir en el desacuerdo. Hoy casi por única vez en nuestra historia, el poder político no está donde está el poder económico.

Y este hombre que ahora se ha ido produjo un último acto de `insujeción`. Su muerte encendió la luz, y como en un refusilo vimos algo que la cerrazón de los medios había ocultado en la oscuridad: las calles laterales, las que no recomendaban los poderosos, estaban llenas de gente.

KIJANO




El sepulcro de don Quijote


Miguel de Unamuno

Me preguntas, mi buen amigo, si sé la manera de desencadenar un delirio, un vértigo, una locura cualquiera sobre estas pobres muchedumbres ordenadas y tranquilas que nacen, comen, duermen, se reproducen y mueren. ¿No habrá un medio, me dices, de reproducir la epidemia de los flagelantes o la de los convulsionarios? Y me hablas del milenario.

Como tú siento yo con frecuencia la nostalgia de la Edad Media; como tú quisiera vivir entre los espasmos del milenario. Si consiguiéramos hacer creer que un día dado, sea el 2 de mayo de 1908, el centenario del grito de la independencia, se acababa para siempre España; que en este día nos repartían como a borregos, creo que el día 3 de mayo de 1908 sería el más grande de nuestra historia, el amanecer de una nueva vida.

Esto es una miseria, una completa miseria. A nadie le importa nada de nada. Y cuando alguno trata de agitar aisladamente este o aquel problema, una u otra cuestión, se lo atribuyen o a negocio o a afán de notoriedad y ansia de singularizarse.

No se comprende aquí ya ni la locura. Hasta del loco creen y dicen que lo será por tenerle su cuenta y razón. Lo de la razón de la sinrazón es ya un hecho para todos estos miserables. Si nuestro señor don Quijote resucitara y volviese a esta su España, andarían buscándole una segunda intención a sus nobles desvaríos. Si uno denuncia un abuso, persigue la injusticia, fustiga la ramplonería, se preguntan los esclavos: ¿qué irá buscando en eso? ¿A qué aspira? Unas veces creen y dicen que lo hace para que le tapen la boca con oro; otras que es por ruines sentimientos y bajas pasiones de vengativo o envidioso; otras que lo hace no más sino por meter ruido y que de él se hable, por vanagloria; otras que lo hace por divertirse y pasar el tiempo, por deporte. ¡Lástima grande que a tan pocos les dé por deportes semejantes!

Fíjate y observa. Ante un acto cualquiera de generosidad, de heroísmo, de locura, a todos estos estúpidos bachilleres, curas y barberos de hoy no se les ocurre sino preguntarse: ¿por qué lo hará? Y en cuanto creen haber descubierto la razón del acto —sea o no lo que ellos suponen— se dicen: ¡bah!, lo ha hecho por esto o por lo otro. En cuanto una cosa tiene razón de ser y ellos la conocen perdió todo su valor la cosa. Para eso les sirve la lógica, la cochina lógica.

Comprender es perdonar, se ha dicho. Y esos miserables necesitan comprender para perdonar el que se les humille, el que con hechos o palabras se les eche en cara su miseria, sin hablarles de ella.

Han llegado a preguntarse estúpidamente para qué hizo Dios el mundo, y se han contestado a sí mismos: ¡para su gloria!, y se han quedado tan orondos y satisfechos, como si los muy majaderos supieran qué es eso de la gloria de Dios.

Las cosas se hicieron primero, su para qué después. Que me den una idea nueva, cualquiera, sobre cualquier cosa, y ella me dirá para qué sirve.

Alguna vez, cuando expongo algún proyecto, algo que me parece debía hacerse, no falta quien me pregunte: ¿y después? A estas preguntas no cabe otra respuesta que una pregunta, y al «¿y después?», no hay sino dar de rebote un «¿y antes?».

No hay porvenir; nunca hay porvenir. Eso que llaman el porvenir es una de las más grandes mentiras. El verdadero porvenir es hoy. ¿Qué será de nosotros mañana? ¡No hay mañana! ¿Qué es de nosotros hoy, ahora? Ésta es la única cuestión.

Y en cuanto a hoy, todos esos miserables están muy satisfechos porque hoy existen, y con existir les basta. La existencia, la pura y nuda existencia, llena su alma toda. No sienten que haya más que existir.

Pero ¿existen? ¿Existen en verdad? Yo creo que no; pues si existieran, si existieran de verdad, sufrirían de existir y no se contentarían con ello. Si real y verdaderamente existieran en el tiempo y el espacio, sufrirían de no ser en lo eterno y lo infinito. Y ese sufrimiento, esta pasión, que no es sino la pasión de Dios en nosotros, nuestra temporalidad, este divino sufrimiento les haría romper todos esos menguados eslabones lógicos con que tratan de atar sus menguados recuerdos a sus menguadas esperanzas, la ilusión de su pasado a la ilusión de su porvenir.

¿Por qué hace eso? ¿Preguntó acaso nunca Sancho por qué hacía don Quijote las cosas que hacía?

Y vuelta a lo mismo, a tu pregunta, a tu preocupación: ¿qué locura colectiva podríamos imbuir en estas pobres muchedumbres? ¿Qué delirio?

Tú mismo te has acercado a la solución en una de esas cartas con que me asaltas a preguntas. En ella me decías: ¿no crees que se podría intentar alguna nueva cruzada?

Pues bien, sí; creo que se puede intentar la santa cruzada de ir a rescatar el sepulcro de don Quijote del poder de los bachilleres, curas, barberos, duques y canónigos que lo tienen ocupado. Creo que se puede intentar la santa cruzada de ir a rescatar el sepulcro del Caballero de la Locura del poder de los hidalgos de la Razón.

Defenderán, es natural, su usurpación y tratarán de probar con muchas y muy estudiadas razones que la guardia y custodia del sepulcro les corresponde. Lo guardan para que el Caballero no resucite.

A estas razones hay que contestar con insultos, con pedradas, con gritos de pasión, con botes de lanza. No hay que razonar con ellos. Si tratas de razonar frente a sus razones estás perdido.

Si te preguntan, como acostumbran, ¿con qué derecho reclamas el sepulcro?, no les contestes nada, que ya lo verán luego. Luego…, tal vez cuando ni tú ni ellos existáis ya, por lo menos en este mundo de las apariencias.2

* Y esta santa cruzada lleva una gran ventaja a aquellas otras santas cruzadas de que alboreó una nueva vida en este viejo mundo. Aquellos ardientes cruzados sabían dónde estaba el sepulcro de Cristo, dónde se decía que estaba, mientras que nuestros cruzados no sabrán dónde está el sepulcro de don Quijote. Hay que buscarlo peleando por rescatarlo.

* Tu locura quijotesca te ha llevado más de una vez a hablarme del quijotismo como de una nueva religión. Y a eso he de decirte que esa nueva religión que propones y de que me hablas, si llegara a cuajar, tendría dos singulares preeminencias. La una, que su fundador, su profeta, don Quijote —no Cervantes, por supuesto—, no estamos seguros de que fuese hombre real, de carne y hueso, sino que más bien sospechamos que fue una pura sangre. Y su otra preeminencia sería la de que este profeta era un profeta ridículo, que fue la befa y el escarnio de las gentes.

* Es el valor que más falta nos hace: el de afrontar el ridículo. El ridículo es el arma que manejan todos los miserables bachilleres, barberos, curas, canónigos y duques que guardan escondido el sepulcro del Caballero de la Locura. Caballero que hizo reír a todo el mundo, pero que nunca soltó un chiste. Tenía el alma demasiado grande para parir chistes. Hizo reír con su seriedad.

* Empieza, pues, amigo, a hacer de Pedro el Ermitaño y llama a las gentes a que se te unan, se nos unan, y vayamos todos a rescatar ese sepulcro que no sabemos dónde está.3

* Verás cómo así que el sagrado escuadrón se ponga en marcha aparecerá en el cielo una estrella nueva, sólo visible para los cruzados, una estrella refulgente y sonora, que cantará un canto nuevo en esta larga noche que nos envuelve, y la estrella se pondrá en marcha en cuanto se ponga en marcha el escuadrón de los cruzados, y cuando hayan vencido en su cruzada, o cuando hayan sucumbido todos —que es acaso la manera única de vencer de veras—, la estrella caerá del cielo, y en el sitio en donde caiga allí está el sepulcro. El sepulcro está donde muera el escuadrón.

Y allí donde está el sepulcro, allí está la cuna, allí está el nido. Y de allí volverá a surgir la estrella refulgente y sonora, camino del cielo.

Y no me preguntes más, querido amigo. Cuando me haces hablar de estas cosas me haces que saque del fondo de mi alma, dolorida por la ramplonería ambiente que por todas partes me acosa y aprieta, dolorida por las salpicaduras del fango de mentira en que chapoteamos, dolorida por los arañazos de la cobardía que nos envuelve, me haces que saque del fondo de mi alma dolorida las visiones sin razón, los conceptos sin lógica, las cosas que ni yo sé lo que quieren decir, ni menos quiero ponerme a averiguarlo.

¿Qué quieres decir con esto? —me preguntas más de una vez—. Y yo te respondo: —¿Lo sé yo acaso?

¡No, mi buen amigo, no! Muchas de estas ocurrencias de mi espíritu que te confío ni yo sé lo que quieren decir, o, por lo menos, soy yo quien no lo sé. Hay alguien dentro de mí que me las dicta, que me las dice. Le obedezco y no me adentro a verle la cara ni a preguntarle por su nombre. Sólo sé que si le viese la cara y si me dijese su nombre me moriría yo para que viviese él.

Estoy avergonzado de haber alguna vez fingido entes de ficción, personajes novelescos, para poner en sus labios lo que no me atrevía a poner en los míos y hacerles decir como en broma lo que yo siento muy en serio.

Tú me conoces, tú, y sabes bien cuán lejos estoy de rebuscar adrede paradojas, extravagancias y singularidades, piensen lo que pensaren algunos majaderos. Tú y yo, mi buen amigo, mi único amigo absoluto, hemos hablado muchas veces a solas de lo que sea la locura, y hemos comentado aquello del Brand ibseniano, hijo de Kierkegaard, de que está loco el que está solo. Y hemos concordado en que una locura cualquiera deja de serlo en cuanto se hace colectiva, en cuanto es locura de todo un pueblo, de todo el género humano acaso. En cuanto una alucinación se hace colectiva, se hace popular, se hace social, en algo que está fuera de cada uno de los que la comparten. Y tú y yo estamos de acuerdo en que hace falta llevar a las muchedumbres, llevar al pueblo, llevar a nuestro pueblo español, una locura cualquiera, la locura de uno cualquiera de sus miembros que esté loco, pero loco de verdad y no de mentirijillas. Loco, y no tonto.

Tú y yo, mi buen amigo, nos hemos escandalizado ante eso que llaman aquí fanatismo, y que, por nuestra desgracia, no lo es. No; no es fanatismo nada que esté reglamentado y contenido y encauzado y dirigido por bachilleres, curas, barberos, canónigos y duques; no es fanatismo nada que lleve un pendón con fórmulas lógicas, nada que tenga programa, nada que se proponga para mañana un propósito que puede un orador desarrollar en un metódico discurso.

Una vez, ¿te acuerdas?, vimos a ocho o diez mozos reunirse y seguir a uno que les decía: ¡Vamos a hacer una barbaridad! Y eso es lo que tú y yo anhelamos: que el pueblo se apiñe y gritando ¡vamos a hacer una barbaridad! se ponga en marcha. Y si algún bachiller, algún barbero, algún cura, algún canónigo o algún duque les detuviese para decirles: «¡hijos míos!, está bien, os veo henchidos de heroísmo, llenos de santa indignación; también yo voy con vosotros; pero antes de ir todos, y yo con vosotros, a hacer una barbaridad, ¿no os parece que debíamos ponernos de acuerdo respecto a la barbaridad que vamos a hacer? ¿Qué barbaridad va a ser ésa?»; si alguno de esos malandrines que he dicho les detuviese para decir tal cosa, deberían derribarle al punto y pasar todos sobre él, pisoteándole, y ya empezaba la heroica barbaridad.

¿No crees, mi amigo, que hay por ahí muchas almas solitarias a las que el corazón les pide alguna barbaridad, algo de que revienten? Ve, pues, a ver si logras juntarlas y formar escuadrón con ellas y ponernos todos en marcha —porque yo iré con ellos y tras de ti— a rescatar el sepulcro de don Quijote, que, gracias a Dios, no sabemos dónde está. Ya nos lo dirá la estrella refulgente y sonora.

Y ¿no será —me dices en tus horas de desaliento, cuando te vas de ti mismo—, no será que creyendo al ponernos en marcha caminar por campos y tierras, estemos dando vueltas en torno al mismo sitio? Entonces la estrella estará fija, quieta sobre nuestras cabezas y el sepulcro en nosotros. Y entonces la estrella caerá, pero caerá para venir a enterrarse en nuestras almas. Y nuestras almas se convertirán en luz, y fundidas todas en la estrella refulgente y sonora subirá ésta, más refulgente aún, convertida en un sol, en un sol de eterna melodía, a alumbrar el cielo de la patria redimida.

En marcha, pues. Y ten en cuenta no se te metan en el sagrado escuadrón de los cruzados bachilleres, barberos, curas, canónigos o duques disfrazados de Sanchos. No importa que te pidan ínsulas; lo que debes hacer es expulsarlos en cuanto te pidan el itinerario de la marcha, en cuanto te hablen de programa, en cuanto te pregunten al oído, maliciosamente, que les digas hacia dónde cae el sepulcro. Sigue a la estrella. Y haz como el Caballero: endereza el entuerto que se te ponga delante. Ahora lo de ahora y aquí lo de aquí.

¡Poneos en marcha! ¿Que adónde vais? La estrella os lo dirá: ¡al sepulcro! ¿Qué vamos a hacer en el camino mientras marchamos? ¿Qué? ¡Luchar! ¡Luchar!, y ¿cómo?

¿Cómo? ¿Tropezáis con uno que miente?, gritarle a la cara: ¡mentira!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que roba?, gritarle: ¡ladrón!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que dice tonterías, a quien oye toda una muchedumbre con la boca abierta?, gritarles: ¡estúpidos!, y ¡adelante! ¡Adelante siempre!

¿Es que con eso —me dice uno a quien tú conoces y que ansía ser cruzado—, es que con eso se borra la mentira, ni el ladronicio, ni la tontería del mundo? ¿Quién ha dicho que no? La más miserable de todas las miserias, la más repugnante y apestosa argucia de la cobardía es esa de decir que nada se adelanta con denunciar a un ladrón porque otros seguirán robando, que nada se adelanta con decirle en su cara majadero al majadero, porque no por eso la majadería disminuiría en el mundo.

Sí, hay que repetirlo una y mil veces: con que una vez, una sola vez, acabases del todo y para siempre con un solo embustero habríase acabado el embuste de una vez para siempre.

¡En marcha, pues! Y echa del sagrado escuadrón a todos los que empiecen a estudiar el paso que habrá de llevarse en la marcha y su compás y su ritmo. Sobre todo, ¡fuera con los que a todas horas andan con eso del ritmo! Te convertirían el escuadrón en una cuadrilla de baile, y la marcha en danza. ¡Fuera con ellos! Que se vayan a otra parte a cantar a la carne.

Esos que tratarían de convertirte el escuadrón de marcha en cuadrilla de baile se llaman a sí mismos, y los unos a los otros entre sí, poetas. No lo son. Son cualquier otra cosa. Esos no van al sepulcro sino por curiosidad, por ver cómo sea, en busca acaso de una sensación nueva, y por divertirse en el camino. ¡Fuera con ellos!

Esos son los que con su indulgencia de bohemios contribuyen a mantener la cobardía y la mentira y las miserias todas que nos anonadan. Cuando predican libertad no piensan más que en una: en la de disponer de la mujer del prójimo. Todo es en ellos sensualidad, y hasta de las ideas, de las grandes ideas, se enamoran sensualmente. Son incapaces de casarse con una grande y pura idea y criar familia de ella; no hacen sino amontonarse con las ideas. Las toman de queridas, menos aún, tal vez de compañeras de una noche. ¡Fuera con ellos!

Si alguien quiere coger en el camino tal o cual florecilla que a su vera sonríe, cójala, pero de paso, sin detenerse, y siga al escuadrón cuyo alférez no habrá de quitar ojo de la estrella refulgente y sonora. Y si se pone la florecilla en el peto sobre la coraza no para verla él, sino para que se la vean, ¡fuera con él!, que se vaya, con su flor en el ojal, a bailar a otra parte.

Mira, amigo, si quieres cumplir tu misión y servir a tu patria, es preciso que te hagas odioso a los muchachos sensibles que no ven el universo sino a través de los ojos de su novia. O algo peor aún. Que tus palabras sean estridentes y agrias a sus oídos.

El escuadrón no ha de detenerse sino de noche junto al bosque o al abrigo de la montaña. Levantará allí sus tiendas, se lavarán los cruzados sus pies, cenarán lo que sus mujeres les hayan preparado, engendrarán luego un hijo en ellas, le darán un beso y dormirán para recomenzar la marcha al siguiente día. Y cuando alguno se muera le dejarán a la vera del camino, amortajado en su armadura, a merced de los cuervos. Quede para los muertos el cuidado de enterrar a sus muertos.

Si alguno intenta durante la marcha tocar pífano o dulzaina o caramillo o vihuela o lo que fuere, rómpele el instrumento y échale de filas, porque estorba a los demás oír el canto de la estrella. Y es, además, que él no la oye. Y quien no oiga el canto del cielo no debe ir en busca del sepulcro del Caballero.

Te hablarán esos danzantes de poesía. No les hagas caso. El que se pone a tocar su jeringa —que no es otra cosa la «syringa»— debajo del cielo, sin oír la música de las esferas, no merece que se le oiga. No conoce la abismática poesía del fanatismo, no conoce la inmensa poesía de los templos vacíos, sin luces, sin dorados, sin imágenes, sin pompas, sin armas, sin nada de eso que llaman arte. Cuatro paredes lisas y un techo de tablas: un corralón cualquiera.

Echa del escuadrón a todos los danzantes de la jeringa. Échalos antes de que se te vayan por un plato de alubias. Son filósofos cínicos, indulgentes, buenos muchachos, de los que todo lo comprenden y todo lo perdonan. Y el que todo lo comprende no comprende nada, y el que todo lo perdona nada perdona. No tienen escrúpulo en venderse. Como viven en dos mundos pueden guardar su libertad en el otro y esclavizarse en éste. Son a la vez estetas y perezistas y lopecistas o rodriguezistas.

Hace tiempo se dijo que el hambre y el amor son los dos resortes de la vida humana. De la baja vida humana, de la vida de tierra. Los danzantes no bailan sino por hambre o por amor; hambre de carne, amor de carne también. Échalos de tu escuadrón, y que allí, en un prado, se harten de bailar mientras uno toca la jeringa, otro da palmaditas y otro canta a un plato de alubias o a los muslos de su querida de temporada. Y que allí inventen nuevas piruetas, nuevos trenzados de pies, nuevas figuras de rigodón.

Y si alguno te viniera diciendo que él sabe tender puentes y que acaso llegue ocasión en que se deban aprovechar sus conocimientos para pasar un río, ¡fuera con él! ¡Fuera el ingeniero! Los ríos se pasarán vadeándolos, o a nado, aunque se ahogue la mitad de los cruzados. Que se vaya el ingeniero a hacer puentes a otra parte, donde hacen mucha falta. Para ir en busca del sepulcro basta la fe como puente.

Si quieres, mi buen amigo, llenar tu vocación debidamente, desconfía del arte, desconfía de la ciencia, por lo menos de eso que llaman arte y ciencia y no son sino mezquinos remedos del arte y de la ciencia verdaderos. Que te baste tu fe. Tu fe será tu arte, tu fe será tu ciencia.

He dudado más de una vez de que puedas cumplir tu obra al notar el cuidado que pones en escribir las cartas que escribes. Hay en ellas, no pocas veces, tachaduras, enmiendas, correcciones, jeringazos. No es un chorro que brota violento, expulsando el tapón. Más de una vez tus cartas degeneran en literatura, en esa cochina literatura, aliada natural de todas las esclavitudes y de todas las miserias. Los esclavizadores saben bien que mientras está el esclavo cantando a la libertad se consuela de su esclavitud y no piensa en romper sus cadenas.

Pero otras veces recobro fe y esperanza en ti cuando siento bajo tus palabras atropelladas, improvisadas, cacofónicas, el temblor de tu voz dominada por la fiebre. Hay ocasiones en que puede decirse que están en un lenguaje determinado. Que cada cual lo traduzca al suyo.

Procura vivir en continuo vértigo pasional, dominado por una pasión cualquiera. Sólo los apasionados llevan a cabo obras verdaderamente duraderas y fecundas. Cuando oigas de alguien que es impecable, en cualquiera de los sentidos de esta estúpida palabra, huye de él; sobre todo si es artista. Así como el hombre más tonto es el que en su vida no ha hecho ni dicho una tontería, así el artista menos poeta, el más antipoético —entre los artistas abundan las naturalezas antiopoéticas— es el artista impecable, el artista a quien decoran con la corona de laurel, de cartulina, de la impecabilidad los danzantes de la jeringa.

Te consume, mi pobre amigo, una fiebre incesante, una sed de océanos insondables y sin riberas, un hambre de universos, y la morriña de la eternidad. Sufres de la razón. Y no sabes lo que quieres. Y ahora, ahora quieres ir al sepulcro del Caballero de la Locura y deshacerte allí en lágrimas, consumirte en fiebre, morir de sed de océanos, de hambre de universos, de morriña de eternidad.

Ponte en marcha, solo. Todos los demás solitarios irán a tu lado, aunque no los veas. Cada cual creerá ir solo, pero formaréis batallón sagrado: el batallón de la santa e inacabable cruzada.

Tú no sabes bien, mi buen amigo, cómo los solitarios todos, sin conocerse, sin mirarse a las caras, sin saber los unos los nombres de los otros se dan las manos, se felicitan mutuamente, se bombean y se denigran, murmuran entre sí y va cada cual por su lado. Y huyen del sepulcro.

Tú no perteneces al cotarro, sino al batallón de los libres cruzados. ¿Por qué te asomas a las tapias del cotarro a oír lo que en él se cacarea? ¡No, amigo, no! Cuando pases junto a un cotarro tápate los oídos, lanza tu palabra y sigue adelante, camino del sepulcro. Y que en esa palabra vibren toda tu sed, toda tu hambre, toda tu morriña, todo tu amor.

Si quieres vivir de ellos, vive para ellos. Pero entonces, mi pobre amigo, te habrás muerto.

Me acuerdo de aquella dolorosa carta que me escribiste cuando estabas a punto de sucumbir, de derogar, de entrar en la cofradía. Vi entonces cómo te pesaba tu soledad, esa soledad que debe ser tu consuelo y tu fortaleza.

Llegaste a lo más terrible, a lo más desolador; llegaste al borde del precipicio de tu perdición: llegaste a dudar de tu soledad, llegaste a creerte en compañía. «¿No será —me decías— una mera cavilación, un fruto de soberbia, de petulancia, tal vez de locura esto de creerme solo? Porque yo, cuando me sereno, me veo acompañado, y recibo cordiales apretones de manos, voces de aliento, palabras de simpatía, todo género de muestras de no encontrarme solo, ni mucho menos.» Y por aquí seguías. Y te vi engañado y perdido, te vi huyendo del sepulcro.

No, no te engañas en los accesos de tu fiebre, en las agonías de tu sed, en las congojas de tu hambre; estás solo, eternamente solo. No sólo son mordiscos los mordiscos que como tales sientes; lo son también los que son como besos. Te silban los que aplauden, te quieren detener en tu marcha al sepulcro los que gritan: ¡adelante! Tápate los oídos. Y ante todo cúrate de una afección terrible que, por mucho que te la sacudas, vuelve a ti con terquedad de mosca: cúrate de la afección de preocuparte cómo aparezcas a los demás. Cuídate sólo de cómo aparezcas ante Dios, cuídate de la idea que de ti Dios tenga.

Estás solo, mucho más solo de lo que te figuras, y aun así no estás sino en camino de la absoluta, de la completa, de la verdadera soledad. La absoluta, la completa, la verdadera soledad consiste en no estar ni aun consigo mismo. Y no estarás de veras completa y absolutamente solo hasta que no te despojes de ti mismo, al borde del sepulcro. ¡Santa Soledad!

Todo esto dije a mi amigo y él me contestó en una larga carta, llena de un furioso desaliento, estas palabras:

«Todo eso que me dices está muy bien, está bien, no está mal; pero ¿no te parece que en vez de ir a buscar el sepulcro de don Quijote y rescatarlo de bachilleres, curas, barberos, canónigos y duques debíamos ir a buscar el sepulcro de Dios y rescatarlo de creyentes e incrédulos, de ateos y deístas, que lo ocupan, y esperar allí, dando voces de suprema desesperación, derritiendo el corazón en lágrimas, a que Dios resucite y nos salve de la nada?».





http://cvc.cervantes.es/literatura/quijote_antologia/unamuno.htm




miércoles, 19 de octubre de 2011

Caras y Caretas

Felipe Pigna

Director

La educación gratuita en todos sus niveles es una conquista inalterable de la sociedad argentina que tuvo sus jalones marcados por mucha lucha contra el oscurantismo y los sectores más retrógrados del poder. Nuestro país fue pionero con su ley 1.420 sancionada en 1884 que estableció la educación primaria, gratuita y laica en todo el país. Luego vendría la Reforma Universitaria de 1918, que logró que el gobierno de Yrigoyen convirtiera en ley sus demandas de libertad de cátedra, autonomía y cogobierno. Estos avances serían complementados con la gratuidad durante el peronismo. Nuestro pueblo sabe que no tiene que pagar por la educación más de lo que se deduce de sus impuestos y esta conciencia está instalada como un valor que ni la dictadura ni el menemismo pudieron quebrar a pesar de sus prácticas privatistas y excluyentes. Fue un logro de la sociedad argentina que aquellas medidas enunciativas se convirtieran en realidad a partir de la lucha del movimiento obrero y de las organizaciones sociales que posibilitaron el acceso real a esos derechos a partir de las mejoras de las condiciones materiales de vida. Llevó décadas que los pibes argentinos de todos los rincones accedieran efectivamente a las aulas en condiciones dignas. Esa masividad se logró recién en las décadas del 40 y del 50 con el peronismo y sus políticas activas. Aquella masividad motorizó la movilidad social y fue logrando que “m’hijo el dotor” no fuera un fenómeno de novela en la Argentina, sino una posibilidad concreta que se mantuvo durante los años 50 y 60 con el ingreso de hijos de trabajadores a las casas de altos estudios. La dictadura, con su “política de hambre a largo plazo”, como la llamó Rodolfo Walsh, y una represión feroz, fue cerrándoles las puertas a los que por ley estaban habilitados para acceder al derecho a educarse. Crecieron exponencialmente el analfabetismo y la deserción escolar, y las aulas se fueron vaciando en muchas facultades. La democracia trajo un renovado impulso inicial que se manifestó en una explosión de la matrícula entre 1984 y 1989. La crisis hizo lo suyo y las nefastas políticas recesivas de los 90 volvieron los relojes para atrás para que estudiaran los “únicos privilegiados” que, obviamente, ya no eran los niños.
En los últimos ocho años hemos vivido un inédito impulso a la educación en todos los niveles acompañado de un inédito estímulo a la ciencia y la técnica que posibilitó el regreso de miles de científicos, que habían dejado el país por falta de oportunidades. Estos logros históricos de nuestra sociedad adquieren más relevancia en el contexto regional cuando se compara nuestra situación con la de Chile, donde los estudiantes están librando una batalla histórica y decisiva por la equidad y la igualdad de oportunidades frente a un gobierno que, enceguecido por los espejos de colores del Banco Mundial y el FMI y el más crudo neoliberalismo, sostiene a través del presidente-empresario Sebastián Piñera que la educación gratuita no es justa, aplicando conceptos del marketing a la administración del país. Es muy alentador conocer que su popularidad, inicialmente muy alta, hoy está por el piso y que esto se debe a que la sociedad chilena está tomando conciencia de que no puede esperar nada bueno de alguien que se desentiende de la educación de su pueblo y que nadie se salva solo.

María Seoane

Asesora Periodística y Editorial


Este octubre 2011 ocurrirá lo inevitable. Los argentinos elegirán en las urnas a quien debe conducir los destinos del país hasta 2015. Las primarias dieron un veredicto demoledor: Cristina Fernández de Kirchner ganó con más del 50 por ciento de los votos la postulación a la Presidencia, base de su reelección. Los números indican una adhesión histórica a una dirigente que demostró que la gestión pública, la restitución de viejos o nuevos derechos ciudadanos, es la esencia de la política. Los argentinos parecen haber reconocido estas cualidades, además de vivir un momento como pocos en la historia económica, social y política de más de medio siglo. Un momento en que la libertad, el bienestar económico general y la paz son piedras angulares de esta gestión llamada kirchnerismo, algo no reducible a una gestión sino al desarrollo de lo que Ernesto Laclau llama “un movimiento único e inesperado”, y por tanto, original en su factura. Lo cierto es que el coro de tragedia con que suele sonar la oposición política, los lastres culturales del neoliberalismo, se expresaron en el sentido común de dos divas: Mirtha Legrand y Susana Giménez. Ambas reducen la adhesión de millones –más de once millones, por caso– de argentinos a que “votan con el bolsillo”, como si esa reducción a homo economicus no les correspondiera sobre todo a ellas que han hecho siempre de su profesión un negocio rentabilísimo. Millonarias de veras, que llenaron sus bolsillos, y por tenerlos llenos ya no necesitan –como los trabajadores, los empleados, los pobres– vivir de un salario digno, que es lo que la Presidenta dice discurso tras discurso. Son la raza de los propietarios (o propiotarios, como dice cierta voz popular) que ven con espanto la alegría popular. Ese sentido común lo ridiculizan muy bien en sus sketchs del programa Thelma y Nancy los cómicos cordobeses comandados por Max Dellupi: “En este país se van a terminar los pobres. ¡Y qué queda de los ricos si se terminan los pobres! ¿Quién tiene la culpa? ¿Quién la va a tener? ¡La yegua!”. Desde la tapa de los grandes medios, así como desde esas tribunas de divas satisfechas en sus cuentas corrientes se estimula, se desea, que a la economía le vaya mal. Festejan que la soja baje su cotización internacional para que entren menos divisas; festejan que para sostener la competitividad de las empresas el Banco Central inunde de dólares el mercado; festejan la fuga de divisas… Festejan porque es la única forma de sostener que su mundo feliz se ampara en que a millones no les vaya tan bien. No son tilingos. No. Expresan el sentido común interesado de las clases dominantes argentinas. Y eso, aunque lo oculten, es la principal tragedia argentina.

http://www.carasycaretas.org/2263/editorial.html

lunes, 17 de octubre de 2011

MANUELITA

Los resistentes



Por José Pablo Feinmann

Ahora son viejitos. O están viejitos. Porque serlo, no lo son. Aunque vacilen al hablar o el Parkinson asome aquí y allá. Esta gente no envejece. Protagonizó una de las luchas más puras de nuestra historia. La hicieron al margen de la conducción de Perón. La hicieron desde el corazón de las masas. No mataron a nadie. “Nosotros no matamos a nadie.” Llevaron adelante una huelga ejemplar respaldada por todo un barrio populoso y proletario: Mataderos. Hicieron, así, la Comuna de Mataderos, pero hablada en el idioma del Buenos Aires obrero, de los perseguidos por la “Libertadora”, de los que estaban dispuestos a no ceder, a no humillarse, a seguir peleando. Si Alejandro Fernández Mouján mostró en su film anterior, Pulqui, cómo era “la patria de la felicidad”, en éste nos muestra la patria de la persecución y de la resistencia a esa persecución. Los que toman la palabra son los veteranos luchadores. Uno de ellos dice que la lucha que protagonizaron (La Resistencia) “está oculta. No la quiere levantar nadie”. Por supuesto: nadie tiene ni tuvo mucho interés en levantarla. Si bien la Jotapé la reconoció siempre como antecedente, era sólo eso: un comienzo, un balbuceo. Incluso en esa estrofa que le añade a la Marcha Peronista está expresada la imposibilidad de entender el germen, el núcleo esencial de la Resistencia: Ayer fue la Resistencia/ Hoy Montoneros y FAR/ Y mañana el pueblo entero/ en la lucha popular. Error, grave error. ¿Cómo tantos podían vocear una consigna tan mal construida? ¿Nadie se daba cuenta? La consigna debió ser: Y por siempre el pueblo entero/ en la lucha popular. ¿Cómo el pueblo va a estar recién mañana en una lucha que se define popular? ¿Cómo va a ser popular una lucha que no tiene pueblo? Ahí está el iluminismo de la vanguardia foquista. Ellos son el pueblo. El pueblo, todavía, no está en la lucha que se hace en su nombre porque le falta, porque no está preparado o no está organizado. Falso: si no está el pueblo, la lucha no es popular. Podrá ser foquista, vanguardista, el germen de un Vietnam, lo que se quiera. Pero no popular. (Vietnam fue popular porque la lucha la hizo un ejército con una gran conducción y el apoyo de todo un pueblo. No fue por azar que ganaran.)

Hubo, en las guerrillas latinoamericanas, un error fatal: creer que se podía luchar en nombre del pueblo pero sin el pueblo. Los resistentes de la Resistencia Peronista eran el pueblo. Por eso la continuidad que marca la versión montonera de la marchita es errónea: Ayer fue la Resistencia/ Hoy Montoneros y FAR. No es así. Montoneros y FAR no son la continuidad de la Resistencia. La Resistencia estaba formada por obreros. Las formaciones especiales (que Perón bautizo bien: especiales, para una etapa especial de la lucha) no nucleaban obreros, sino jóvenes de la mediana burguesía, educados, con lecturas, con instrucción militar en Cuba y con la lucha armada como metodología principal de la praxis. La Resistencia es anterior a la Revolución Cubana. Nace –como bien dicen los militantes que filma Fernández Mouján– el 16 de junio de 1955. Es decir, retornado a la queja que estamos analizando (¿por qué nadie recuerda, nadie levanta a la Resistencia Peronista?) tenemos una primera respuesta: la Tendencia Revolucionaria del ’70 la levanta mal. Desde el foquismo, no desde las masas. ¿Quién más pudo haberla levantado? ¿Perón? No: la Resistencia fue la más importante acción de lucha del pueblo peronista, pero se dio al margen de la conducción de Perón. Los viejitos de Fernández Mouján son peronistas, pero no esperan ni carta de Perón, ni comunicación telegráfica o telefónica ni el famoso casete del grabador Geloso de la época. No esperan nada. No pueden esperar. Se han largado a pelear por su cuenta. Incluso la dura condena que Perón arroja sobre el levantamiento de Valle tiene ese raro tufillo: se hizo sin la orden correspondiente, sin el visto bueno del Padre Eterno. Por eso fracasó. Fue prematura. Claro: él no la había ordenado, ¿cómo no habría de ser prematura? Los resistentes no pueden ser levantados por el líder porque el líder no los condujo. La Resistencia tendría que haber sido levantada por el Movimiento Obrero, pero, una vez derrotada, los jerarcas de la conducción sindical se olvidan de la lucha y adhieren al diálogo, a la conciliación, al pacto, a la negociación infinita. Se acabó la lucha. Y no hay nadie más. Los comunistas –aunque participaron– nunca se llevaron bien con los obreros peronistas. Los radicales, ni hablar. Partido de clase media, siempre pacta con el régimen antes de hablar con los obreros.

Por eso es tan valioso este film. Hay que verlo. (Se da en el Malba. Hay que verlo pronto para que no baje. Si no, los resistentes van a sufrir otra tristeza: haber tenido poco tiempo para que la gente los conozca, para contar su apasionante historia.) Hay que escucharlos y hay que mirarles las caras curtidas por los años y por las luchas que protagonizaron. Son Eladio “Tate” Martínez, Enrique “Chiche” Pecorino, Jorge Vázquez, Juan Carlos “El Negro” Cena, Rafael Cullen y Reynaldo Mena. Ellos miran a la cámara y hablan. Y dicen muchas cosas memorables: “¿Qué nos dio el peronismo? El coraje de discutirle a un patrón. ¿Vos sabés lo que es discutirle a un patrón? ¿Lo que era eso en 1946, 1947? Era increíble. Y nosotros lo hacíamos. Con el peronismo habíamos aprendido que teníamos el derecho de hacerlo. Que el patrón no era el mandamás al que había que tenerle miedo. No, era un tipo como cualquier otro. Y nosotros le discutíamos. Si le pedíamos aumento de sueldo, nos decía: ‘Andá a pedírselo a Perón’. Si queríamos vacaciones, lo mismo: Perón, que te las dé él. Era una venganza. Los habíamos ofendido. Porque el obrero –con el peronismo– empezó a tener dignidad. ¡Empezó a ir a Mar del Plata! De pronto, los patrones que paseaban cómodos y tranquilos por la Rambla nos vieron aparecer a los negros ¡haciendo lo mismo! No lo podían creer. Iban a los cines del centro. Al Gran Rex. O al Opera. Y de pronto se les sentaba un negro al lado. Ahí les nació el odio. Si llevábamos una carretilla y la teníamos que dejar 10 metros más allá pero sonaba el timbre del mediodía, ¡a la mierda!, dejábamos la carretilla donde estaba. Exactamente en el punto al que había arribado no bien llegó el timbre. Algunos decían: ‘¡Negro hijo de puta! Llevá la carretilla ésa adonde tiene que estar’. ‘Llevala vos. Yo trabajo hasta que suena el timbre. Ahí, el tiempo es mío’. Nos odiaban. Por eso se vengaron tan fieramente. El decreto 4161. Si decías Perón o Evita, si cantabas la Marcha ibas en cana. ¡Y cómo picaneaban, hermano!” “Yo –dice otro– salía con el escudito peronista en la solapa, pero lo daba vuelta para que no se viera. A veces, un cana me bloqueba el paso. ‘¿Qué llevás ahí?’ ‘¿Dónde?’ ‘¿Cómo dónde? En la solapa, atorrante. Dalo vuelta, vamos.’ Yo lo daba vuelta y el cana veía el escudito. Me decía: ‘Boludo, te puedo meter en cana un mes o más por eso? Yo le sonreía. Me le acercaba un cachito y le decía: ‘Dale, si vos también sos peronista’. El cana se sonreía, pero como conteniéndose. Por fin, decía: ‘Andate. Pero cuidate más. No te regalés. No todos son como yo’.”

Las reuniones se hacían en las cocinas. Ahí se juntaban los morochos de la Resistencia. Le decían la militancia de las cocinas. A uno no le gustaba que le dijeran Negro. “¿Cómo Negro, carajo?” –decía–. “Yo soy un morocho sudamericano.” Iban a bailar. A los clubes de barrio. A las milongas. Las mujeres contra una pared. Los hombres, contra otra. A las mujeres les decían “Teneme el chico”. Porque no tenían dónde dejar a los pibes y eran madres solteras. Entonces, si algún morocho sudamericano las cabeceaba para bailar, ellas le decían a la amiga que tenían al lado: “Teneme el chico”. Eran todos laburantes. Todos tenían que ver con algún gremio. El PC buscaba unírseles. Pero sus militantes no querían cantar la Marchita. Ahí se armaba. Había canas jóvenes que colaboraban. Toda la primera resistencia –hasta 1960– fue cerradamente peronista. No hubo izquierda. Pero no porque fuera rechazada. Sino por otro motivo: no se presentó. La izquierda era culta y discutía en revistas –que los resistentes no podían conocer– si el peronismo había sido un fenómeno nacional burgués, bonapartista o, sin más, fascista. Por qué no había hecho la reforma agraria, por qué no había expropiado a los Bemberg, por qué sólo fue un fenómeno distributivo y no revolucionario. Entre tanto, los obreros ponían caños. Hacían sabotajes. Eran sacados de sus casas. O los milicos entraban en las villas.

No hubo ni habrá nada como la Resistencia Peronista. La hizo el coraje y la lucidez de los auténticos obreros. No la condujo Perón. Ni pensaron en la lucha armada, en matar a alguien. Se reunieron en las cocinas y la huelga del frigorífico Lisandro de la Torre fue ejemplar. La tuvieron que liquidar cruelmente con tanques Sherman y 2000 soldados. Bajo el Conintes de Frondizi. Pero nada podrá detener la lucha de los desposeídos, de los condenados. No significa que van a ganar. Eso nadie puede decirlo. Y ya se dijo demasiado. No. Significa que van a seguir peleando. Porque un día –en plena lucha de la Resistencia– apareció una pintada en un pequeño lugar que llevaba por nombre Villa Manuelita. Y expresa el empecinamiento de los hombres por pelear hasta el fin por eso que los hace –precisamente– hombres, su libertad. La pintada decía: Los yankis, los rusos y las potencias reconocen a la Libertadora. Villa Manuelita no.


http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-142396-2010-03-21.html