
http://www.tragediadesantafe.com.ar/


Miguel de Unamuno
Me preguntas, mi buen amigo, si sé la manera de desencadenar un delirio, un vértigo, una locura cualquiera sobre estas pobres muchedumbres ordenadas y tranquilas que nacen, comen, duermen, se reproducen y mueren. ¿No habrá un medio, me dices, de reproducir la epidemia de los flagelantes o la de los convulsionarios? Y me hablas del milenario.
Como tú siento yo con frecuencia la nostalgia de la Edad Media; como tú quisiera vivir entre los espasmos del milenario. Si consiguiéramos hacer creer que un día dado, sea el 2 de mayo de 1908, el centenario del grito de la independencia, se acababa para siempre España; que en este día nos repartían como a borregos, creo que el día 3 de mayo de 1908 sería el más grande de nuestra historia, el amanecer de una nueva vida.
Esto es una miseria, una completa miseria. A nadie le importa nada de nada. Y cuando alguno trata de agitar aisladamente este o aquel problema, una u otra cuestión, se lo atribuyen o a negocio o a afán de notoriedad y ansia de singularizarse.
No se comprende aquí ya ni la locura. Hasta del loco creen y dicen que lo será por tenerle su cuenta y razón. Lo de la razón de la sinrazón es ya un hecho para todos estos miserables. Si nuestro señor don Quijote resucitara y volviese a esta su España, andarían buscándole una segunda intención a sus nobles desvaríos. Si uno denuncia un abuso, persigue la injusticia, fustiga la ramplonería, se preguntan los esclavos: ¿qué irá buscando en eso? ¿A qué aspira? Unas veces creen y dicen que lo hace para que le tapen la boca con oro; otras que es por ruines sentimientos y bajas pasiones de vengativo o envidioso; otras que lo hace no más sino por meter ruido y que de él se hable, por vanagloria; otras que lo hace por divertirse y pasar el tiempo, por deporte. ¡Lástima grande que a tan pocos les dé por deportes semejantes!
Fíjate y observa. Ante un acto cualquiera de generosidad, de heroísmo, de locura, a todos estos estúpidos bachilleres, curas y barberos de hoy no se les ocurre sino preguntarse: ¿por qué lo hará? Y en cuanto creen haber descubierto la razón del acto —sea o no lo que ellos suponen— se dicen: ¡bah!, lo ha hecho por esto o por lo otro. En cuanto una cosa tiene razón de ser y ellos la conocen perdió todo su valor la cosa. Para eso les sirve la lógica, la cochina lógica.
Comprender es perdonar, se ha dicho. Y esos miserables necesitan comprender para perdonar el que se les humille, el que con hechos o palabras se les eche en cara su miseria, sin hablarles de ella.
Han llegado a preguntarse estúpidamente para qué hizo Dios el mundo, y se han contestado a sí mismos: ¡para su gloria!, y se han quedado tan orondos y satisfechos, como si los muy majaderos supieran qué es eso de la gloria de Dios.
Las cosas se hicieron primero, su para qué después. Que me den una idea nueva, cualquiera, sobre cualquier cosa, y ella me dirá para qué sirve.
Alguna vez, cuando expongo algún proyecto, algo que me parece debía hacerse, no falta quien me pregunte: ¿y después? A estas preguntas no cabe otra respuesta que una pregunta, y al «¿y después?», no hay sino dar de rebote un «¿y antes?».
No hay porvenir; nunca hay porvenir. Eso que llaman el porvenir es una de las más grandes mentiras. El verdadero porvenir es hoy. ¿Qué será de nosotros mañana? ¡No hay mañana! ¿Qué es de nosotros hoy, ahora? Ésta es la única cuestión.
Y en cuanto a hoy, todos esos miserables están muy satisfechos porque hoy existen, y con existir les basta. La existencia, la pura y nuda existencia, llena su alma toda. No sienten que haya más que existir.
Pero ¿existen? ¿Existen en verdad? Yo creo que no; pues si existieran, si existieran de verdad, sufrirían de existir y no se contentarían con ello. Si real y verdaderamente existieran en el tiempo y el espacio, sufrirían de no ser en lo eterno y lo infinito. Y ese sufrimiento, esta pasión, que no es sino la pasión de Dios en nosotros, nuestra temporalidad, este divino sufrimiento les haría romper todos esos menguados eslabones lógicos con que tratan de atar sus menguados recuerdos a sus menguadas esperanzas, la ilusión de su pasado a la ilusión de su porvenir.
¿Por qué hace eso? ¿Preguntó acaso nunca Sancho por qué hacía don Quijote las cosas que hacía?
Y vuelta a lo mismo, a tu pregunta, a tu preocupación: ¿qué locura colectiva podríamos imbuir en estas pobres muchedumbres? ¿Qué delirio?
Tú mismo te has acercado a la solución en una de esas cartas con que me asaltas a preguntas. En ella me decías: ¿no crees que se podría intentar alguna nueva cruzada?
Pues bien, sí; creo que se puede intentar la santa cruzada de ir a rescatar el sepulcro de don Quijote del poder de los bachilleres, curas, barberos, duques y canónigos que lo tienen ocupado. Creo que se puede intentar la santa cruzada de ir a rescatar el sepulcro del Caballero de la Locura del poder de los hidalgos de la Razón.
Defenderán, es natural, su usurpación y tratarán de probar con muchas y muy estudiadas razones que la guardia y custodia del sepulcro les corresponde. Lo guardan para que el Caballero no resucite.
A estas razones hay que contestar con insultos, con pedradas, con gritos de pasión, con botes de lanza. No hay que razonar con ellos. Si tratas de razonar frente a sus razones estás perdido.
Si te preguntan, como acostumbran, ¿con qué derecho reclamas el sepulcro?, no les contestes nada, que ya lo verán luego. Luego…, tal vez cuando ni tú ni ellos existáis ya, por lo menos en este mundo de las apariencias.2
* Y esta santa cruzada lleva una gran ventaja a aquellas otras santas cruzadas de que alboreó una nueva vida en este viejo mundo. Aquellos ardientes cruzados sabían dónde estaba el sepulcro de Cristo, dónde se decía que estaba, mientras que nuestros cruzados no sabrán dónde está el sepulcro de don Quijote. Hay que buscarlo peleando por rescatarlo.
* Tu locura quijotesca te ha llevado más de una vez a hablarme del quijotismo como de una nueva religión. Y a eso he de decirte que esa nueva religión que propones y de que me hablas, si llegara a cuajar, tendría dos singulares preeminencias. La una, que su fundador, su profeta, don Quijote —no Cervantes, por supuesto—, no estamos seguros de que fuese hombre real, de carne y hueso, sino que más bien sospechamos que fue una pura sangre. Y su otra preeminencia sería la de que este profeta era un profeta ridículo, que fue la befa y el escarnio de las gentes.
* Es el valor que más falta nos hace: el de afrontar el ridículo. El ridículo es el arma que manejan todos los miserables bachilleres, barberos, curas, canónigos y duques que guardan escondido el sepulcro del Caballero de la Locura. Caballero que hizo reír a todo el mundo, pero que nunca soltó un chiste. Tenía el alma demasiado grande para parir chistes. Hizo reír con su seriedad.
* Empieza, pues, amigo, a hacer de Pedro el Ermitaño y llama a las gentes a que se te unan, se nos unan, y vayamos todos a rescatar ese sepulcro que no sabemos dónde está.3
* Verás cómo así que el sagrado escuadrón se ponga en marcha aparecerá en el cielo una estrella nueva, sólo visible para los cruzados, una estrella refulgente y sonora, que cantará un canto nuevo en esta larga noche que nos envuelve, y la estrella se pondrá en marcha en cuanto se ponga en marcha el escuadrón de los cruzados, y cuando hayan vencido en su cruzada, o cuando hayan sucumbido todos —que es acaso la manera única de vencer de veras—, la estrella caerá del cielo, y en el sitio en donde caiga allí está el sepulcro. El sepulcro está donde muera el escuadrón.
Y allí donde está el sepulcro, allí está la cuna, allí está el nido. Y de allí volverá a surgir la estrella refulgente y sonora, camino del cielo.
Y no me preguntes más, querido amigo. Cuando me haces hablar de estas cosas me haces que saque del fondo de mi alma, dolorida por la ramplonería ambiente que por todas partes me acosa y aprieta, dolorida por las salpicaduras del fango de mentira en que chapoteamos, dolorida por los arañazos de la cobardía que nos envuelve, me haces que saque del fondo de mi alma dolorida las visiones sin razón, los conceptos sin lógica, las cosas que ni yo sé lo que quieren decir, ni menos quiero ponerme a averiguarlo.
¿Qué quieres decir con esto? —me preguntas más de una vez—. Y yo te respondo: —¿Lo sé yo acaso?
¡No, mi buen amigo, no! Muchas de estas ocurrencias de mi espíritu que te confío ni yo sé lo que quieren decir, o, por lo menos, soy yo quien no lo sé. Hay alguien dentro de mí que me las dicta, que me las dice. Le obedezco y no me adentro a verle la cara ni a preguntarle por su nombre. Sólo sé que si le viese la cara y si me dijese su nombre me moriría yo para que viviese él.
Estoy avergonzado de haber alguna vez fingido entes de ficción, personajes novelescos, para poner en sus labios lo que no me atrevía a poner en los míos y hacerles decir como en broma lo que yo siento muy en serio.
Tú me conoces, tú, y sabes bien cuán lejos estoy de rebuscar adrede paradojas, extravagancias y singularidades, piensen lo que pensaren algunos majaderos. Tú y yo, mi buen amigo, mi único amigo absoluto, hemos hablado muchas veces a solas de lo que sea la locura, y hemos comentado aquello del Brand ibseniano, hijo de Kierkegaard, de que está loco el que está solo. Y hemos concordado en que una locura cualquiera deja de serlo en cuanto se hace colectiva, en cuanto es locura de todo un pueblo, de todo el género humano acaso. En cuanto una alucinación se hace colectiva, se hace popular, se hace social, en algo que está fuera de cada uno de los que la comparten. Y tú y yo estamos de acuerdo en que hace falta llevar a las muchedumbres, llevar al pueblo, llevar a nuestro pueblo español, una locura cualquiera, la locura de uno cualquiera de sus miembros que esté loco, pero loco de verdad y no de mentirijillas. Loco, y no tonto.
Tú y yo, mi buen amigo, nos hemos escandalizado ante eso que llaman aquí fanatismo, y que, por nuestra desgracia, no lo es. No; no es fanatismo nada que esté reglamentado y contenido y encauzado y dirigido por bachilleres, curas, barberos, canónigos y duques; no es fanatismo nada que lleve un pendón con fórmulas lógicas, nada que tenga programa, nada que se proponga para mañana un propósito que puede un orador desarrollar en un metódico discurso.
Una vez, ¿te acuerdas?, vimos a ocho o diez mozos reunirse y seguir a uno que les decía: ¡Vamos a hacer una barbaridad! Y eso es lo que tú y yo anhelamos: que el pueblo se apiñe y gritando ¡vamos a hacer una barbaridad! se ponga en marcha. Y si algún bachiller, algún barbero, algún cura, algún canónigo o algún duque les detuviese para decirles: «¡hijos míos!, está bien, os veo henchidos de heroísmo, llenos de santa indignación; también yo voy con vosotros; pero antes de ir todos, y yo con vosotros, a hacer una barbaridad, ¿no os parece que debíamos ponernos de acuerdo respecto a la barbaridad que vamos a hacer? ¿Qué barbaridad va a ser ésa?»; si alguno de esos malandrines que he dicho les detuviese para decir tal cosa, deberían derribarle al punto y pasar todos sobre él, pisoteándole, y ya empezaba la heroica barbaridad.
¿No crees, mi amigo, que hay por ahí muchas almas solitarias a las que el corazón les pide alguna barbaridad, algo de que revienten? Ve, pues, a ver si logras juntarlas y formar escuadrón con ellas y ponernos todos en marcha —porque yo iré con ellos y tras de ti— a rescatar el sepulcro de don Quijote, que, gracias a Dios, no sabemos dónde está. Ya nos lo dirá la estrella refulgente y sonora.
Y ¿no será —me dices en tus horas de desaliento, cuando te vas de ti mismo—, no será que creyendo al ponernos en marcha caminar por campos y tierras, estemos dando vueltas en torno al mismo sitio? Entonces la estrella estará fija, quieta sobre nuestras cabezas y el sepulcro en nosotros. Y entonces la estrella caerá, pero caerá para venir a enterrarse en nuestras almas. Y nuestras almas se convertirán en luz, y fundidas todas en la estrella refulgente y sonora subirá ésta, más refulgente aún, convertida en un sol, en un sol de eterna melodía, a alumbrar el cielo de la patria redimida.
En marcha, pues. Y ten en cuenta no se te metan en el sagrado escuadrón de los cruzados bachilleres, barberos, curas, canónigos o duques disfrazados de Sanchos. No importa que te pidan ínsulas; lo que debes hacer es expulsarlos en cuanto te pidan el itinerario de la marcha, en cuanto te hablen de programa, en cuanto te pregunten al oído, maliciosamente, que les digas hacia dónde cae el sepulcro. Sigue a la estrella. Y haz como el Caballero: endereza el entuerto que se te ponga delante. Ahora lo de ahora y aquí lo de aquí.
¡Poneos en marcha! ¿Que adónde vais? La estrella os lo dirá: ¡al sepulcro! ¿Qué vamos a hacer en el camino mientras marchamos? ¿Qué? ¡Luchar! ¡Luchar!, y ¿cómo?
¿Cómo? ¿Tropezáis con uno que miente?, gritarle a la cara: ¡mentira!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que roba?, gritarle: ¡ladrón!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que dice tonterías, a quien oye toda una muchedumbre con la boca abierta?, gritarles: ¡estúpidos!, y ¡adelante! ¡Adelante siempre!
¿Es que con eso —me dice uno a quien tú conoces y que ansía ser cruzado—, es que con eso se borra la mentira, ni el ladronicio, ni la tontería del mundo? ¿Quién ha dicho que no? La más miserable de todas las miserias, la más repugnante y apestosa argucia de la cobardía es esa de decir que nada se adelanta con denunciar a un ladrón porque otros seguirán robando, que nada se adelanta con decirle en su cara majadero al majadero, porque no por eso la majadería disminuiría en el mundo.
Sí, hay que repetirlo una y mil veces: con que una vez, una sola vez, acabases del todo y para siempre con un solo embustero habríase acabado el embuste de una vez para siempre.
¡En marcha, pues! Y echa del sagrado escuadrón a todos los que empiecen a estudiar el paso que habrá de llevarse en la marcha y su compás y su ritmo. Sobre todo, ¡fuera con los que a todas horas andan con eso del ritmo! Te convertirían el escuadrón en una cuadrilla de baile, y la marcha en danza. ¡Fuera con ellos! Que se vayan a otra parte a cantar a la carne.
Esos que tratarían de convertirte el escuadrón de marcha en cuadrilla de baile se llaman a sí mismos, y los unos a los otros entre sí, poetas. No lo son. Son cualquier otra cosa. Esos no van al sepulcro sino por curiosidad, por ver cómo sea, en busca acaso de una sensación nueva, y por divertirse en el camino. ¡Fuera con ellos!
Esos son los que con su indulgencia de bohemios contribuyen a mantener la cobardía y la mentira y las miserias todas que nos anonadan. Cuando predican libertad no piensan más que en una: en la de disponer de la mujer del prójimo. Todo es en ellos sensualidad, y hasta de las ideas, de las grandes ideas, se enamoran sensualmente. Son incapaces de casarse con una grande y pura idea y criar familia de ella; no hacen sino amontonarse con las ideas. Las toman de queridas, menos aún, tal vez de compañeras de una noche. ¡Fuera con ellos!
Si alguien quiere coger en el camino tal o cual florecilla que a su vera sonríe, cójala, pero de paso, sin detenerse, y siga al escuadrón cuyo alférez no habrá de quitar ojo de la estrella refulgente y sonora. Y si se pone la florecilla en el peto sobre la coraza no para verla él, sino para que se la vean, ¡fuera con él!, que se vaya, con su flor en el ojal, a bailar a otra parte.
Mira, amigo, si quieres cumplir tu misión y servir a tu patria, es preciso que te hagas odioso a los muchachos sensibles que no ven el universo sino a través de los ojos de su novia. O algo peor aún. Que tus palabras sean estridentes y agrias a sus oídos.
El escuadrón no ha de detenerse sino de noche junto al bosque o al abrigo de la montaña. Levantará allí sus tiendas, se lavarán los cruzados sus pies, cenarán lo que sus mujeres les hayan preparado, engendrarán luego un hijo en ellas, le darán un beso y dormirán para recomenzar la marcha al siguiente día. Y cuando alguno se muera le dejarán a la vera del camino, amortajado en su armadura, a merced de los cuervos. Quede para los muertos el cuidado de enterrar a sus muertos.
Si alguno intenta durante la marcha tocar pífano o dulzaina o caramillo o vihuela o lo que fuere, rómpele el instrumento y échale de filas, porque estorba a los demás oír el canto de la estrella. Y es, además, que él no la oye. Y quien no oiga el canto del cielo no debe ir en busca del sepulcro del Caballero.
Te hablarán esos danzantes de poesía. No les hagas caso. El que se pone a tocar su jeringa —que no es otra cosa la «syringa»— debajo del cielo, sin oír la música de las esferas, no merece que se le oiga. No conoce la abismática poesía del fanatismo, no conoce la inmensa poesía de los templos vacíos, sin luces, sin dorados, sin imágenes, sin pompas, sin armas, sin nada de eso que llaman arte. Cuatro paredes lisas y un techo de tablas: un corralón cualquiera.
Echa del escuadrón a todos los danzantes de la jeringa. Échalos antes de que se te vayan por un plato de alubias. Son filósofos cínicos, indulgentes, buenos muchachos, de los que todo lo comprenden y todo lo perdonan. Y el que todo lo comprende no comprende nada, y el que todo lo perdona nada perdona. No tienen escrúpulo en venderse. Como viven en dos mundos pueden guardar su libertad en el otro y esclavizarse en éste. Son a la vez estetas y perezistas y lopecistas o rodriguezistas.
Hace tiempo se dijo que el hambre y el amor son los dos resortes de la vida humana. De la baja vida humana, de la vida de tierra. Los danzantes no bailan sino por hambre o por amor; hambre de carne, amor de carne también. Échalos de tu escuadrón, y que allí, en un prado, se harten de bailar mientras uno toca la jeringa, otro da palmaditas y otro canta a un plato de alubias o a los muslos de su querida de temporada. Y que allí inventen nuevas piruetas, nuevos trenzados de pies, nuevas figuras de rigodón.
Y si alguno te viniera diciendo que él sabe tender puentes y que acaso llegue ocasión en que se deban aprovechar sus conocimientos para pasar un río, ¡fuera con él! ¡Fuera el ingeniero! Los ríos se pasarán vadeándolos, o a nado, aunque se ahogue la mitad de los cruzados. Que se vaya el ingeniero a hacer puentes a otra parte, donde hacen mucha falta. Para ir en busca del sepulcro basta la fe como puente.
Si quieres, mi buen amigo, llenar tu vocación debidamente, desconfía del arte, desconfía de la ciencia, por lo menos de eso que llaman arte y ciencia y no son sino mezquinos remedos del arte y de la ciencia verdaderos. Que te baste tu fe. Tu fe será tu arte, tu fe será tu ciencia.
He dudado más de una vez de que puedas cumplir tu obra al notar el cuidado que pones en escribir las cartas que escribes. Hay en ellas, no pocas veces, tachaduras, enmiendas, correcciones, jeringazos. No es un chorro que brota violento, expulsando el tapón. Más de una vez tus cartas degeneran en literatura, en esa cochina literatura, aliada natural de todas las esclavitudes y de todas las miserias. Los esclavizadores saben bien que mientras está el esclavo cantando a la libertad se consuela de su esclavitud y no piensa en romper sus cadenas.
Pero otras veces recobro fe y esperanza en ti cuando siento bajo tus palabras atropelladas, improvisadas, cacofónicas, el temblor de tu voz dominada por la fiebre. Hay ocasiones en que puede decirse que están en un lenguaje determinado. Que cada cual lo traduzca al suyo.
Procura vivir en continuo vértigo pasional, dominado por una pasión cualquiera. Sólo los apasionados llevan a cabo obras verdaderamente duraderas y fecundas. Cuando oigas de alguien que es impecable, en cualquiera de los sentidos de esta estúpida palabra, huye de él; sobre todo si es artista. Así como el hombre más tonto es el que en su vida no ha hecho ni dicho una tontería, así el artista menos poeta, el más antipoético —entre los artistas abundan las naturalezas antiopoéticas— es el artista impecable, el artista a quien decoran con la corona de laurel, de cartulina, de la impecabilidad los danzantes de la jeringa.
Te consume, mi pobre amigo, una fiebre incesante, una sed de océanos insondables y sin riberas, un hambre de universos, y la morriña de la eternidad. Sufres de la razón. Y no sabes lo que quieres. Y ahora, ahora quieres ir al sepulcro del Caballero de la Locura y deshacerte allí en lágrimas, consumirte en fiebre, morir de sed de océanos, de hambre de universos, de morriña de eternidad.
Ponte en marcha, solo. Todos los demás solitarios irán a tu lado, aunque no los veas. Cada cual creerá ir solo, pero formaréis batallón sagrado: el batallón de la santa e inacabable cruzada.
Tú no sabes bien, mi buen amigo, cómo los solitarios todos, sin conocerse, sin mirarse a las caras, sin saber los unos los nombres de los otros se dan las manos, se felicitan mutuamente, se bombean y se denigran, murmuran entre sí y va cada cual por su lado. Y huyen del sepulcro.
Tú no perteneces al cotarro, sino al batallón de los libres cruzados. ¿Por qué te asomas a las tapias del cotarro a oír lo que en él se cacarea? ¡No, amigo, no! Cuando pases junto a un cotarro tápate los oídos, lanza tu palabra y sigue adelante, camino del sepulcro. Y que en esa palabra vibren toda tu sed, toda tu hambre, toda tu morriña, todo tu amor.
Si quieres vivir de ellos, vive para ellos. Pero entonces, mi pobre amigo, te habrás muerto.
Me acuerdo de aquella dolorosa carta que me escribiste cuando estabas a punto de sucumbir, de derogar, de entrar en la cofradía. Vi entonces cómo te pesaba tu soledad, esa soledad que debe ser tu consuelo y tu fortaleza.
Llegaste a lo más terrible, a lo más desolador; llegaste al borde del precipicio de tu perdición: llegaste a dudar de tu soledad, llegaste a creerte en compañía. «¿No será —me decías— una mera cavilación, un fruto de soberbia, de petulancia, tal vez de locura esto de creerme solo? Porque yo, cuando me sereno, me veo acompañado, y recibo cordiales apretones de manos, voces de aliento, palabras de simpatía, todo género de muestras de no encontrarme solo, ni mucho menos.» Y por aquí seguías. Y te vi engañado y perdido, te vi huyendo del sepulcro.
No, no te engañas en los accesos de tu fiebre, en las agonías de tu sed, en las congojas de tu hambre; estás solo, eternamente solo. No sólo son mordiscos los mordiscos que como tales sientes; lo son también los que son como besos. Te silban los que aplauden, te quieren detener en tu marcha al sepulcro los que gritan: ¡adelante! Tápate los oídos. Y ante todo cúrate de una afección terrible que, por mucho que te la sacudas, vuelve a ti con terquedad de mosca: cúrate de la afección de preocuparte cómo aparezcas a los demás. Cuídate sólo de cómo aparezcas ante Dios, cuídate de la idea que de ti Dios tenga.
Estás solo, mucho más solo de lo que te figuras, y aun así no estás sino en camino de la absoluta, de la completa, de la verdadera soledad. La absoluta, la completa, la verdadera soledad consiste en no estar ni aun consigo mismo. Y no estarás de veras completa y absolutamente solo hasta que no te despojes de ti mismo, al borde del sepulcro. ¡Santa Soledad!
Todo esto dije a mi amigo y él me contestó en una larga carta, llena de un furioso desaliento, estas palabras:
«Todo eso que me dices está muy bien, está bien, no está mal; pero ¿no te parece que en vez de ir a buscar el sepulcro de don Quijote y rescatarlo de bachilleres, curas, barberos, canónigos y duques debíamos ir a buscar el sepulcro de Dios y rescatarlo de creyentes e incrédulos, de ateos y deístas, que lo ocupan, y esperar allí, dando voces de suprema desesperación, derritiendo el corazón en lágrimas, a que Dios resucite y nos salve de la nada?».

Felipe Pigna
Director
María Seoane
Asesora Periodística y Editorial
Este octubre 2011 ocurrirá lo inevitable. Los argentinos elegirán en las urnas a quien debe conducir los destinos del país hasta 2015. Las primarias dieron un veredicto demoledor: Cristina Fernández de Kirchner ganó con más del 50 por ciento de los votos la postulación a la Presidencia, base de su reelección. Los números indican una adhesión histórica a una dirigente que demostró que la gestión pública, la restitución de viejos o nuevos derechos ciudadanos, es la esencia de la política. Los argentinos parecen haber reconocido estas cualidades, además de vivir un momento como pocos en la historia económica, social y política de más de medio siglo. Un momento en que la libertad, el bienestar económico general y la paz son piedras angulares de esta gestión llamada kirchnerismo, algo no reducible a una gestión sino al desarrollo de lo que Ernesto Laclau llama “un movimiento único e inesperado”, y por tanto, original en su factura. Lo cierto es que el coro de tragedia con que suele sonar la oposición política, los lastres culturales del neoliberalismo, se expresaron en el sentido común de dos divas: Mirtha Legrand y Susana Giménez. Ambas reducen la adhesión de millones –más de once millones, por caso– de argentinos a que “votan con el bolsillo”, como si esa reducción a homo economicus no les correspondiera sobre todo a ellas que han hecho siempre de su profesión un negocio rentabilísimo. Millonarias de veras, que llenaron sus bolsillos, y por tenerlos llenos ya no necesitan –como los trabajadores, los empleados, los pobres– vivir de un salario digno, que es lo que la Presidenta dice discurso tras discurso. Son la raza de los propietarios (o propiotarios, como dice cierta voz popular) que ven con espanto la alegría popular. Ese sentido común lo ridiculizan muy bien en sus sketchs del programa Thelma y Nancy los cómicos cordobeses comandados por Max Dellupi: “En este país se van a terminar los pobres. ¡Y qué queda de los ricos si se terminan los pobres! ¿Quién tiene la culpa? ¿Quién la va a tener? ¡La yegua!”. Desde la tapa de los grandes medios, así como desde esas tribunas de divas satisfechas en sus cuentas corrientes se estimula, se desea, que a la economía le vaya mal. Festejan que la soja baje su cotización internacional para que entren menos divisas; festejan que para sostener la competitividad de las empresas el Banco Central inunde de dólares el mercado; festejan la fuga de divisas… Festejan porque es la única forma de sostener que su mundo feliz se ampara en que a millones no les vaya tan bien. No son tilingos. No. Expresan el sentido común interesado de las clases dominantes argentinas. Y eso, aunque lo oculten, es la principal tragedia argentina.
http://www.carasycaretas.org/2263/editorial.html

Para Carlos Altamirano, uno de los intelectuales más destacados del país en el campo de la historia de las ideas, el kirchnerismo rescata los ideales del peronismo originario pero se contenta con reformas y no aspira a la revolución, deja a Perón para la historia y rescata a los jóvenes como militantes auténticos, no coloca al "pueblo" en el centro de su épica sino a un dirigente que, según su relato, puso de pie a un país de entre los escombros de 2001.
Tiene sentido entonces releer Peronismo y cultura de izquierda , el libro de Altamirano publicado en 2001 que acaba de reeditar Siglo XXI, en el que, cuando el kirchnerismo ni siquiera se dibujaba en el horizonte político, el autor -profesor emérito de la Universidad Nacional de Quilmes, director durante 20 años de su Programa de Historia Intelectual, cofundador de la revista Punto de Vista- analizaba las reacciones que la izquierda, tanto radical como moderada, tuvo frente a la irrupción del "peronismo de Perón". Por eso, si la célebre frase de John William Cooke -"El peronismo es el hecho maldito del país burgués"- sintetizó la incomodidad del antiperonismo ante la irrupción del movimiento de masas fundado por Perón, Altamirano juega con las palabras-"El kirchnerismo es el hecho maldito del progresismo", dirá- para dar cuenta de la incomodidad que hoy genera "el modelo" entre las fuerzas de izquierda, a las que interpela con su discurso y con algunas de sus medidas más afines a la sensibilidad progresista.
-¿Por qué le parece que es oportuno retomar hoy la discusión entre peronismo e izquierda?
-El sentido de la oportunidad lo tuvo el editor. El libro estaba incorporado a la bibliografía sobre este tema. Volver a ponerlo en circulación era poner al alcance de generaciones nuevas este tema, aún abierto, que tiene muchas décadas, que es todo un filón del debate, de la investigación y de la reflexión. Obviamente el clima kirchnerista es una razón para volver a colocar en otro contexto este libro que se publicó en el 2001. Hay un sentido bastante obvio: hay un debate en el espacio progresista, que es un término que cobró vida en los últimos 20 años. En 1970 la palabra progresista indicaba pusilanimidad y no vocación de reforma. En este contexto de debate sobre qué sería ser progresista, el tema del kirchnerismo es importante, y la relación entre izquierda y peronismo reapareció.
- ¿Qué etapa del peronismo representa el kirchnerismo?
Creo que hay, en parte, una reanudación, y en parte, una dimensión nueva, que no estaba en ninguna de las versiones anteriores del peronismo, ni siquiera la de la izquierda peronista setentista. La relación con el pasado del peronismo que han manifestado tanto Néstor como Cristina Kirchner nunca ha sido simple, ni muy expresa, sino más alusiva que definida. Si uno tuviera que recortar con cierta nitidez, diría que hay en el kirchnerismo una reanudación de ideales, pero en ellos ya no está ni la revolución ni la idea de partido armado. Y esos ideales han sido estilizados en términos de una idea de justicia. Por otra parte, el kirchnerismo retoma la idea, que quedó en un sector de los jóvenes de los 70, de que el peronismo auténtico ya no estaba encarnado en Perón, sino en los jóvenes. Hasta donde puedo recordar, en general las referencias al creador del movimiento no han sido frecuentes en el discurso ni de Néstor ni de Cristina. La idea de que esa juventud encarnaba lo mejor se asocia con la referencia de que "venimos de aquella generación y somos los hijos de las Madres", invirtiendo un poco la relación entre madres y desaparecidos. Con esa constelación, no muy precisa, nebulosa, de elementos está constituido lo que podríamos llamar la identidad kirchnerista, en lo que tiene de continuidad.
¿Y qué novedades plantea?
Es un movimiento de reformas sociales, centrado sobre todo en una nueva distribución. A los ojos de un setentista de 1972 o 73, sin embargo, es un proyecto redistribucionista, no uno que apunte, hasta ahora, a cambiar las estructuras sociales. Junto al reformismo social, está la incorporación de derechos de nuevo tipo, como el relativo al matrimonio igualitario. Incluso la renovación de la Corte Suprema se inscribe dentro de una dimensión más liberal que nacional-popular de las reivindicaciones. Hacer de la Corte Suprema un objetivo a renovar no formaba parte del imaginario radical de los años 70, no sólo para la izquierda peronista, sino para ningún sector de la izquierda. Los jóvenes que son parte de las filas del kirchnerismo tienen un lazo muy laxo, muy tenue, con aquel pasado, de modo que este elemento también novedoso no puede sino tener efectos sobre la composición de la conjunción kirchnerista. Otro elemento importante es que en la épica del peronismo, y también en la del setentismo, el 17 de octubre es una fecha de gran valor simbólico, que simboliza el encuentro del líder con el pueblo trabajador. No hay un lugar para el 17 de octubre en la épica kirchnerista. Más que el pueblo, el gran actor es el propio gobierno kirchnerista y sus dos figuras centrales. Esto hace que el relato sea el relato de un gobierno, que dice que en medio de una Argentina en escombros aparece un dirigente que está en condiciones de elevar al país del infierno y enfrentar a los poderosos. Dentro de los cientos de definiciones del populismo, hay una que lo entiende como aquella política que supone el desafío a los importantes, a los poderosos, en la economía, en la política, en los medios de comunicación. Algo de eso encarna el kirchnerismo, y eso sobre todo llega a los jóvenes.
Es lo que usted llama el "reencantamiento ideológico".
Exactamente. Para los que son de mi generación, muchos de ellos agrupados en Carta Abierta, cabe lo del reencantamiento porque quizás pensaran que la política no les reservaría este capítulo. Pero no sería propio para los chicos de entre 20 y tantos y 30 y tantos años que se han incorporado a la constelación kirchnerista, y para quienes la política vuelve a ser algo que motiva frente al escepticismo que era característico, o a esa idea de que en la política valía el cinismo y no la creencia.
La convocatoria de Cristina Kirchner a los jóvenes ¿será parte de un aprendizaje político, de una experiencia generacional de aquellos jóvenes primero convocados por Perón y luego abandonados por el líder?
No sé si tiene que ver con eso. El peronismo clásico fue el cauce de la incorporación del movimiento obrero a la vida pública. Tal vez el kirchnerismo aspire a ser el canal a través del cual se incorporen de manera masiva nuevas generaciones a la vida pública. En eso, nada podría llamar la atención porque, periódicamente, un político convoca a los jóvenes con distintos mensajes. A través de Alfonsín, la Coordinadora y el movimiento estudiantil de Franja Morada fue una manera de incorporarlos, así como una parte de los jóvenes de la Ucede encontraron en el menemismo una posibilidad de sumarse a la acción política y a la gestión política.
¿Hay algo nuevo en la convocatoria del kirchnerismo?
El kirchnerismo abre cauces para los jóvenes y lo asocia a un compromiso ideológico. No dice simplemente "ustedes pueden hacer carrera acá", aunque puedan, sino que agrega que la empresa vale la pena por razones de justicia, de búsqueda de la igualdad.
El peronismo tuvo su origen en una sociedad más integrada. ¿Cómo le parece que ha logrado el kirchnerismo ser representativo para distintos sectores de una sociedad fragmentada?
El menemismo ya había unido los extremos, y conservó el voto de los descamisados, lo que todo dirigente peronista cuenta como su capital. El asunto es qué añade a ese punto de partida, a ese treinta y tanto por ciento por debajo del cual nunca baja el peronismo. Menem no pudo incluir a una parte muy significativa de las clases medias, que fue antimenemista en parte importante. Como novedad, el kirchnerismo ha incorporado a esa conjunción a buena parte de esas clases medias progresistas que querían otra Argentina. La crisis de los partidos no ha sido superada, pero la virtud que ha tenido el kirchnerismo, sobre todo bajo la gestión de Cristina, ha sido ensamblar esas partes. De modo que ha vuelto a plantearle un nuevo desafío, no a la izquierda radical, sino a lo que se llama progresismo, que no es sino reformismo de izquierda. Ese ha sido el verdadero "hecho maldito" para el progresismo, para Carrió y para una parte del radicalismo, y es un desafío para la coalición que aspira a encarnar Binner. Deja, en cambio, el campo amplio para la derecha, lo que abriría lugar a quienes pretenden encarnar expresiones de ese universo, como Macri.
Parece existir un electorado mucho más volcado a la centroizquierda en la Argentina. ¿Pasó algo en la sociedad argentina que ha ya favorecido este acercamiento?
Pasó algo en la Argentina, en el mundo y en el cono sur de América latina. Es evidente que hicieron crisis las políticas neoliberales y lo que se llamaba el Consejo de Washington ha perdido todo crédito en general. En América latina, este giro a la izquierda se dio en distintas versiones: uno lo puede notar en Brasil, Uruguay, Bolivia, Venezuela y no se puede descartar que haya próximamente un retorno de la Concertación y un espacio progresista en Chile. En la Argentina, creo que la suerte y la perspicacia de Kirchner se asociaron en 2003. Cuando todo el mundo auguraba un presidente débil, del que había muy poco que esperar, porque su campo de acción iba a estar limitado, porque cada medida que quisiera tomar iba a tener que ser aprobada por un Congreso en el que estaba en minoría, aprovechó para ejercer el poder con todos los recursos que ofrece un Ejecutivo en un país presidencialista. Y lo primero que hizo fue responder a una demanda de un gobierno que gobierna, contra el deterioro del 2001, y sobre todo frente a la imagen del presidente que vacila en el ejercicio del poder. Tomó además algunas medidas con las que comenzó la conquista de las clases medias progresistas. La renovación de la Corte era una demanda del mundo progresista en las ciudades. Y el segundo paso fue la política relativa a derechos humanos. Por último, volviendo a esto de desafiar a los poderosos, "puso a parir" a los empresarios, cumplió con el pago de la deuda y así sacó al FMI de la escena. Ese conjunto de orientaciones estableció un cauce dentro del cual se condujo, no siempre de manera coherente, para ganar amplios sectores. No es algo que ocurrió en 2004 o 2005, sino que no ha dejado de ocurrir desde entonces.
El antiperonismo impugnaba moralmente al peronismo, en particular, por su avance sobre las libertades cívicas. ¿Qué ha pasado con este sector de las clases medias progresistas que parecen haber olvidado esos cuestionamientos frente a un kirchnerismo sobre el que hay denuncias y comprobaciones de corrupción y de avances sobre las instituciones?
En el discurso público oficial esas cosas no se asumen, sino que se dice que es el enemigo buscando erosionar a un gobierno popular. Por parte de las clases medias, yo no sé si se trata de insensibilidad, porque es el mismo sector que fue muy sensible a las denuncias de inmoralidad del menemismo. Pero sí creo que es un sector social que piensa que, aun cuando todas esas denuncias sean ciertas, hoy no harían más que lesionar a un gobierno que en líneas generales es mejor que cualquiera de los otros gobiernos posibles. Los políticos o los columnistas que dicen que con el kirchnerismo vivimos en el peor de los mundos van contra el sentido común de las personas en la Argentina. Hablar de "países serios" en un mundo revuelto, en el que países que hace unos años eran ejemplo hoy se hunden, es pagar tributo a una ideología, no a la experiencia. Toda interpelación al ciudadano que adopte este enfoque está condenada al fracaso. Otro elemento importante es que el kirchnerismo transmite un valor político, no importa si es un gobierno conservador o reformista, que es que puede gobernar un país difícil de gobernar. Es un valor difícil de cuantificar y de definir. Para mucha gente, el gobierno de Cristina Kirchner reduce la incertidumbre.
En este escenario, qué difícil ser un líder de centroizquierda que quiera convertirse en una alternativa. Pienso en Binner, que se presenta como una persona moderada, respetuosa de las instituciones. ¿Cómo salir a enfrentar a un gobierno que combate, que se muestra avasallante?
Que quiere monopolizar la representación del pueblo.
¿Cómo puede hacer una centroizquierda que quiera ganar un lugar en este escenario?
No sé qué piensa Binner, pero tal vez él haga una apuesta a más largo plazo, piense que este no es su turno, pero que tiene que instalar una alternativa ahora. Tal vez mire el ejemplo del Uruguay, donde el Frente Amplio tuvo un largo camino antes de instalarse como alternativa de gobierno en Montevideo y luego nacional. O el ejemplo de Lula. El mismo Partido Socialista, por su naturaleza, es un partido de trabajadores pacientes. Es probable que Binner no crea que este sea su turno, no sé ni siquiera si cree que su turno es el siguiente. Ahora, ¿quién puede garantizar ese futuro?
Usted distingue "peronismo verdadero" de "peronismo empírico". ¿Cuál es la vara hoy para medir el "peronismo verdadero"?
Creo que algo de eso quiso ser Pino Solanas, una encarnación de los valores aquellos que hoy son traicionados por el gobierno. No es en ese cauce donde se instala Rodríguez Saá, que habla en nombre del peronismo; ni el peronismo llamado disidente, o Duhalde. Hoy aquellos que reclamaban el peronismo verdadero parecen considerar que éste que está en el gobierno es más próximo al peronismo verdadero de lo que fueron los otros. Menem era la traición al peronismo y tampoco es verdadero el peronismo sindical, visto siempre como un peronismo más inclinado a la transacción que a la lucha por la emancipación nacional. Es probable que piensen que finalmente el gobierno kirchnerista custodia mejor esa idea.
Existe la idea muy extendida en la Argentina de que solo el peronismo puede gobernar el país. ¿Usted está de acuerdo?
Hay que partir de la base de que este es un país difícil de gobernar. Uno de los problemas para gobernar es el propio peronismo, porque en general le resulta difícil asumir el lugar de ejercicio de la oposición fuera del poder. Pero no, no creo que sea la única fuerza capaz de gobernar. Vamos a ver qué desafíos tiene el kirchnerismo en el futuro. Queda abierta la cuestión de si al fin no se producirán en la Argentina dos campos, el de la centroderecha y el de la centroizquierda, que se disputarán entre varias fuerzas. Eso abriría paso a un sistema de alternativas como en otros países. ¿Por qué no? El futuro está abierto a varios posibles. No creo que el peronismo sea la única fuerza que puede gobernar porque no hay grandes amenazas al país, al menos mientras el viento de cola siga soplando. Ese es un factor muy importante.
En los enfrentamientos y las polémicas que viene sosteniendo el mundo intelectual en torno al kirchnerismo, Carlos Altamirano ha elegido un prudente y medido segundo plano. No levanta la voz ni debate en los medios, no firma solicitadas ni adhiere a manifiestos, pero tampoco se refugia en un trabajo académico desvinculado de la experiencia política. Quizás por eso, cuando habla públicamente, como en una entrevista, este intelectual que es bibliografía obligatoria en su campo -Bajo el signo de las masas, Para un programa de historia intelectual- es tan amable y generoso con sus ideas como poco dado a las declaraciones terminantes. Suele decir que la tarea de un intelectual es poner complejidad donde todo parece simple. Se explica, entonces, que alguien que ha dedicado su vida académica al estudio de las ideas y la crítica cultural sea tan escéptico sobre el impacto que tienen en el ejercicio político concreto, o como herramienta para pronosticar hacia dónde se moverá la historia. "Un político que consulta a un intelectual no es un buen político. Un buen político tiene olfato", me dice.
Si entrevistar a algunos personajes se parece a un juego de esgrima, hacerle preguntas a Altamirano es como una partida de ajedrez: sea cual sea el resultado, uno se queda pensando..
Por José Pablo Feinmann
Los de Cristina Kirchner y los de la derecha mediática son dos proyectos diferenciados y antagónicos que hoy se expresan, no sólo en nuestro país, sino en el drama (cercano al desastre o a la implosión de todo un sistema) que sacude al mundo. La economía liberal consagrada desde el Consenso de Washington ha arrastrado al capitalismo a la peor de sus crisis. Poco bueno se puede esperar de cualquiera de las resoluciones que ese acontecimiento histórico termine por expresar. No es casual que hasta el momento América latina, y muy especialmente nuestro país, se haya encontrado poco afectado por ella. Argentina –sencillamente– no está dentro de la economía neoliberal ni dentro del proyecto político que el capitalismo del tercer milenio sigue –casi de un modo suicida– impulsando. El proyecto neoliberal implica la hegemonía de un capitalismo financiero y especulativo que se realiza al margen de la producción. Según he leído, el eminente Eric Hobsbwaum ha declarado que la solución de los problemas actuales del capitalismo está en Marx. No creo que esté demasiado lejos de la verdad o de un valioso puñado de ellas. Pero son muchos los que saben que El Capital inicia su poderoso despliegue con un análisis de la mercancía, que su capítulo inicial lleva por título Mercancía y dinero y se abre con la siguiente frase: “La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un ‘enorme cúmulo de mercancías’, y la mercancía individual como la forma más elemental de esa riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía”. ¿Qué significa esto? Que el capitalismo que Marx analizó en el siglo XIX era un sistema productivo. Todo sistema productivo requiere un mercado de consumo. La antigua burguesía ganaba su dinero produciendo mercancías y, para hacerlo, requería fuerza de trabajo. Esa fuerza de trabajo –que eran los obreros– encontraba una inclusión en el sistema porque era a la vez una fuerza consumidora, junto a todos los otros sectores de la sociedad. Las clases medias ligadas a los estamentos de servicios, por ejemplo. No a los de la producción directa. Como fuere, el antiguo capitalismo generaba trabajo, pues su centro era la fabricación de mercancías. La dialéctica entre la producción y el consumo requería de ambos polos. No había producción sin consumo ni consumo sin producción. Este capitalismo (a partir, sobre todo, de la derrota de la Unión Soviética) fue reemplazado por un capitalismo financiero y especulativo, que, lejos de generar inclusión y puestos de trabajo, genera marginalidad y exclusión. En menos de veinte años está al borde del abismo. Los territorios de experimentación del Consenso de Washington fueron los países de América latina. Acaso Argentina haya sido el conejito de Indias privilegiado en que los diez puntos creados por el economista John Williamson y llevados adelante por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial como entes hegemónicos se aplicaron fervorosamente. Ese fervor se llamó menemismo. El gobierno de Carlos Saúl Menem y sus socios del capitalismo financiero y agrario cumplieron el esquema de los diez puntos del Consenso y devastaron el país, enriqueciéndose ellos en uno de los bandalajes más grandes de nuestra historia. El país –así destrozado– llegó a las crisis de 2001 y 2002. De esas crisis (que son un precedente de la que ahora conmueve a los países del Primer Mundo) salimos por medio de un esquema económico completamente alternativo. Fue el que aplicó el llamado “kirchnerismo”. Una mezcla de Keynes, el primer Perón y el populismo de izquierda latinoamericano. Ante todo, la recuperación de la política por medio de la recuperación del Estado. Desde Martínez de Hoz se dijo en la Argentina que achicar el Estado era agrandar la Nación. No es casual: el poder que hoy se empeña en retornar al capitalismo de la primacía de la economía, del “libre” mercado y de la primacía del capitalismo, no de la producción, sino de la especulación financiera y de la destrucción del Estado, es hijo dilecto de Martínez de Hoz y de los militares del golpe del ’76, de aquí que tanto los defiendan o que tanto los enfurezca que se los juzgue y acusen al Gobierno que lo hace de pertenecer a cierta remota organización armada de los años ’70.
A partir de 2003 la recuperación de la economía argentina es palpable y evidente. Lo saben aun los que odian a este gobierno, pero también saben que la están pasando bien, hasta diría demasiado bien. Autos cero cambiados cada dos años, restaurantes colmados, vacaciones, ropa, casas nuevas, etc. Por otra parte, el panorama de algo llamado “oposición” es tan desteñido que ha terminado casi por evaporarse. Sin embargo, la oposición no es la oposición. La verdadera oposición son los medios. El poder mediático en manos de las más grandes corporaciones que se han beneficiado y se beneficiarán aún más con un retorno a los viejos tiempos no tan viejos: apenas los benditos noventa. ¿Por qué la crisis mundial no ha afectado aún (y acaso lo haga, pero en una medida irrelevante) a la Argentina? Porque Argentina no participa de ese sistema económico. La economía política argentina (con lo que quiero decir: no hay economía sin un proyecto político detrás) se basa en la recuperación del Estado, en un intento de distribución del ingreso (que choca con enormes resistencias: recordar los días negros del conflicto con el “campo” en que todos, pero todos, desde la derecha hasta la izquierda, se unieron contra el Gobierno para defender un 3 por ciento de las ganancias millonarias de los dueños de la tierra), lucha contra los monopolios mediáticos en un intento inédito en este país de, por decirlo así, deconstruirlos y llevarlos a una competencia leal e igualitaria dentro del mercado (y lograr que éste sea realmente “libre”), sensibilidad ante los sectores populares y la lucha contra la pobreza, política abierta y valiente por los derechos humanos, juicio a los criminales de la dictadura, respeto y apoyo a las Madres y a las Abuelas (si ningún represor fue víctima de alguna venganza individual fue por la lucha de esas heroínas que nos distinguen ante el mundo y que jamás pidieron venganza sino justicia) y varias cosas más que llevan a dibujar una clara identidad de populismo de izquierda, la expresión política latinoamericana más avanzada en la lucha contra los poderes imperiales que en este momento puede librarse. Esto siempre será excesivo para la derecha y escaso para la izquierda. No importa. Es bueno y alentador que la izquierda haya superado el 1,5 por ciento, porque eso la alejará de las tentaciones de otras vías que no sean las de la participación dentro de la lucha democrática.
Aunque algunos lo digan, no termino de convencerme acerca de la inteligencia del electorado de Buenos Aires. Que sería así: votar a Macri para contener el poder omnímodo de Cristina Kirchner. Macri ya gobernó cuatro años y no contuvo nada. ¿Por qué habría de hacerlo ahora? No lo hará. No es un político. No tiene un partido ni gente capaz. Hará otra triste experiencia. Y si lo votaron desde el antiperonismo, se equivocan. El cristinismo es una experiencia nueva en el país. Sus raíces están en el peronismo, pero no diría lo mismo de su futuro. No es que lo desee. Sólo creo que será así. Cristina K irá en busca de un gobierno de unidad nacional, moderno, nuevo, sin bloqueos partidarios. Ahora bien, en la “unidad nacional” no entran todos. Porque, si así fuera, esa “unidad nacional” sería la noche en que todos los gatos son pardos. No, los canallas afuera. Esta determinación deberá ser ampliamente consensuada, jamás unilateral, pero existen en el país muchos que no lo quieren ni desean su triunfo, sino el propio, el de sus intereses, el de sus finanzas y para ello acuden a cualquier cosa. Sobre todo, a la mentira y a la injuria. Con todos, sí. Pero con ellos, no. Esa consigna que circula por ahí (“Con Videla o contra Videla, pero todos juntos”) es, para mí, un insulto. Y para muchos argentinos. Por fortuna, para la mayoría. Uno, si no es claramente un hijo de puta, no camina ni tres pasos con un tipo que está con Videla.